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La Dignidad de la persona humana A la luz de la antropología cristiana.

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Presentación del tema: "La Dignidad de la persona humana A la luz de la antropología cristiana."— Transcripción de la presentación:

1 La Dignidad de la persona humana A la luz de la antropología cristiana

2 La antropología de la doctrina social de la Iglesia Si queremos hablar de la dignidad de la persona y de sus derechos, debemos tener una antropología de base, un concepto de hombre, de persona humana, particularmente en estos tiempos en que una de las mayores debilidades de la sociedad es la «inadecuada visión del hombre». Toda la verdad sobre el hombre que conocemos por la revelación, se encuentra presente en la doctrina social de la Iglesia. De allí la importancia, para un católico, y para todo hombre de buena voluntad, de conocer este magisterio, particularmente los documentos más recientes.

3 La Iglesia, con su doctrina social, presenta las cuestiones sociales a la luz de la visión cristiana del hombre: la cuestión ambiental; la cuestión del super desarrollo y del subdesarrollo; el drama del hambre en el mundo; la cuestión de las estructuras económicas y financieras mundiales; el desempleo; la carrera de los armamentos y la cuestión de la paz mundial; la situación de la libertad religiosa en el mundo y el respeto de todos los derechos humanos; la comunidad política…

4 ¿Qué piensa la Iglesia del hombre? ¿Qué es el hombre? Un interrogante esencial que toda persona se hace, una pregunta que ha recibido a lo largo de la historia múltiples y variadas respuestas. La Iglesia ¿qué dice acerca de la identidad del hombre? ¿en qué funda su respuesta? Lo que la Iglesia piensa del hombre es la verdad que sobre él le ha sido revelada por Dios: el hombre es imagen de Dios.

5 El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios En primer lugar, y transmitiendo la enseñanza del libro del Génesis el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, con la capacidad de conocerlo y de amarlo

6 Esta afirmación enseña que: el hombre depende total y esencialmente de Dios. participa de la grandeza y de la bondad de Dios. Su dependencia de Dios no es una limitación, sino la garantía de su perfección. Y lo que le concede el lugar privilegiado en la creación es su capacidad de dialogar con Dios. Una supremacía que implica colaborar con Él en su designio sobre el mundo.

7 La imagen de Dios, como definición del hombre, muestra claramente que: son sus facultades y capacidades de orden espiritual, las que le distinguen de los demás seres terrenos, «aquello por lo que el hombre es hombre, aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás criaturas del mundo visible». Sólo el hombre conoce que conoce, sabe lo que siente. Sólo el hombre es capaz de experimentar y distinguir el dolor del gozo, el amor del odio. Sólo el hombre puede distinguir la verdad del error, el bien del mal.

8 Por ello, puede llegar a comprender, con la luz de la Revelación, «que la respuesta al misterio de su humanidad no se encuentra por el camino de la semejanza con el mundo de la naturaleza. El hombre se asemeja más a Dios que a la naturaleza».

9 Capaz de relacionarse con Dios y de dominar la tierra El hombre, a quien Dios le dio la existencia, es además la única criatura del mundo visible distinguida con la imagen y semejanza divinas su Creador no sólo le dotó de inteligencia y voluntad, sino también de capacidad para relacionarse personalmente con Él. La persona humana es «"capaz" de Dios» («homo est Dei capax»)», llamado por Él a ser su amigo, a dialogar con Él y a recibirlo en su compañía: «la "imagen de Dios" se manifiesta sobre todo en la relación del "yo" humano con el "Tú" divino. El hombre conoce a Dios, y su corazón y su voluntad son capaces de unirse con Dios».

10 Esta altísima vocación es la razón fundamental de su dignidad. En efecto, la excelsa dignidad del hombre, depende fundamentalmente de su capacidad de ser interlocutor de Dios, de ser invitado a la intimidad y comunión con el mismo Dios, más allá del ámbito de esta existencia terrena

11 La imagen de Dios, hace que el hombre pueda gozar de una comunión personal con la Trinidad y con sus semejantes. Indica también que Dios le confía la creación para que la domine y la custodie, esto no significa que le haya conferido un poder absoluto para usar y abusar de la Creación; quiere decir más bien que el hombre debe gobernar y usar de las cosas creadas siempre para gloria del único dueño absoluto de todo; haciéndose testigo agradecido de la bondad y de la grandeza del Creador, y signo de la Providencia divina para con sus semejantes.

12 El sentido esencial de esta realeza y de este dominio del hombre sobre el mundo visible, consiste en la prioridad de la ética sobre la técnica, en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del espíritu sobre la materia; no existe ninguna cosa o criatura terrestre que pueda estar por encima del hombre y de su dignidad, como tampoco, «por ningún motivo el hombre puede ser sometido a sus semejantes y reducido al rango de cosa»

13 El hombre, ser social por naturaleza El hombre, nos recuerda la Gaudium et spes, «por su íntima naturaleza, es un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades, sin relacionarse con los demás». Relacionarse y dialogar con sus semejantes es parte vital para su desarrollo integral, para responder a la altísima vocación que ha recibido. Con ninguna otra criatura de la tierra el hombre lo puede hacer satisfactoriamente, porque ninguna otra criatura terrena es semejante a él, ninguna otra es carne de su carne, porque sólo el hombre y la mujer creados con la misma naturaleza e igual dignidad, poseen la imagen de Dios

14 El hombre es imagen de Dios de un Dios que no es soledad e incomunicación, sino comunión y dialogo entre personas. de un Dios que en su infinita Sabiduría decidió crear al hombre a su imagen y semejanza, lo cual quiere decir que no le creó como un ser aislado, sino social.

15 El hombre y el uso de su libertad La GS en su visión cristiana del hombre, muestra también el drama y el misterio de su libertad. El hombre, creado originariamente bueno, pero instigado por el padre de la mentira, se dejó arrastrar por la tentación de querer ser como Dios, creyendo poder vivir sin Él o más aún, contra Él. Esta doctrina tradicional sobre el pecado original nos recuerda que el hombre cayó en desgracia porque quiso amarse a sí mismo hasta el grado de despreciar a Dios. Se olvidó que existe un solo Creador, y que él, con toda la grandeza que le corresponde, no deja de ser criatura: «El término "creó" traduce el hebreo "bara", que expresa una acción de extraordinaria potencia, cuyo único sujeto es Dios»

16 La imagen de Dios en el hombre, destinada a desarrollarse progresivamente en la participación de la perfección divina, a causa del mal uso de la libertad se deforma. Una falsa concepción de la libertad, en efecto, lleva al hombre a querer independizarse de Dios, lo que redunda en una disminución del hombre mismo, puesto que le impide su perfección.

17 El hombre, unidad de alma y cuerpo La exposición de la Constitución pastoral continúa luego afirmando que el hombre está constituido como una unidad de cuerpo y alma, ni sólo materia, ni sólo espíritu, ni ángel ni bestia. Por lo tanto el hombre no debe menospreciar su cuerpo, ni tampoco se debe dejar dominar por él.

18 Es el hombre concreto y completo –todo entero–, el que nos presenta la Revelación, es a este hombre al que la Iglesia tiene la misión de guiar a la salvación. No se puede hablar de salvación eterna del hombre sin considerar las condiciones de su vida temporal: «porque la obra de la redención […] ha sido realizada en el tiempo por Jesucristo, Hijo de Dios que se ha hecho hombre para salvarnos».

19 Al seguir recorriendo la Gaudium et spes, encontramos otros perfiles de la imagen divina en la persona humana. en los números 15 y 16 se afirma la dignidad de la inteligencia humana y de la conciencia moral, donde el hombre puede percibir la voz de Dios. Esta enseñanza continúa a reivindicar y subrayar la superioridad del hombre sobre las demás criaturas de la tierra. El hombre, con la luz de su inteligencia puede acrecentar el conocimiento de su excelsa dignidad, haciéndose cada vez más consciente de su destino eterno

20 El hombre, creado por Dios y redimido por Cristo Todos los puntos indicados anteriormente son muy importantes, pero la aportación más preciada y original del Concilio a la visión cristiana del hombre la encontramos en la siguiente afirmación:

21 «En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona. El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre».

22 La vinculación de la creación con la redención nos revela que la imagen de Dios en el hombre alcanza su plenitud de sentido y perfección en Jesucristo, el hombre perfecto. Porque si la perfección original de la imagen de Dios se oscureció deformada por el pecado, en Cristo ha sido restaurada.

23 Dignidad de la persona humana Punto de partida y eje de la DSI

24 La dignidad humana se fundamenta en el hecho de que todo ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26), tiene una vocación a la vida divina y exige un ámbito de libertad que le permita responder a tan alta vocación. Es el hombre «como ser inteligente y libre, sujeto de derechos y deberes, el primer principio y, se puede decir, el corazón y el alma de la enseñanza social de la Iglesia» (Orientaciones, 31). Indudablemente que el punto de partida y el eje sobre el que gira toda la reflexión de la doctrina social de la Iglesia, es la dignidad de la persona humana. Toda la doctrina social se desarrolla a partir del principio de la sagrada dignidad de toda persona humana.

25 Del principio fundamental, la dignidad del hombre, imagen y semejanza de Dios, se derivan los demás principios de la doctrina social de la Iglesia. Esta dignidad es el fundamento incontestable de los derechos humanos. Juan XXIII señala que el hombre es un ser personal: «todo hombre es persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia y de libre albedrío, y que, por tanto, el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún motivo» PT, 9).

26 En la persona, sujeto de derechos y deberes, juega un rol preponderante la libertad personal; creo que conviene subrayar dos aspectos importantes de la libertad: es un signo eminente de la imagen divina en el hombre, por tanto, todo lo que la obstaculice o destruya, desfigura el rostro de Dios en el hombre; no se trata de obrar buscando sólo la satisfacción y el gozo personal, es necesario un ejercicio responsable de la libertad. Hacia esto nos llevan los elementos presentes en el interior de la persona humana, señalados por el Concilio: la inteligencia y la dignidad de la conciencia moral.

27 Al preguntarnos acerca de los principios fundamentales que deben inspirar toda realidad social, económica o política, diremos que, el principio fundamental de la fe cristiana, el mandamiento supremo de la caridad, nos conduce, nos impulsa a reconocer plenamente la dignidad del hombre

28 La dimensión social de la persona humana «Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó» (Gn 1, 27). La Sagrada Escritura nos da la pauta para afirmar que el hombre, en su íntima naturaleza, no es un ser aislado, sino social; un ser que no puede vivir ni llegar a la plenitud si no es entrando en relación con los demás. «Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer. Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas. El hombre es, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás» (GS, 12)

29 Las páginas de la Biblia nos revelan quién es el hombre. Dos cosas de excepcional importancia son afirmadas: el hombre es imagen de Dios, y Dios, en Jesucristo, se hizo hombre, «verdad-clave de la fe» (RH, 1). Estas dos verdades reveladas encierran la comprensión de la persona solidaria, como definición del hombre. Lo cual significa, por un lado, comunión con Dios por la filiación y, por el otro, comunión de los hombres entre sí por la fraternidad.

30 No podemos separar al hombre de su exigencia de convivencia solidaria; sin ella, el hombre no se realiza a sí mismo, el hombre es, ser para los demás y ser con los demás. La plenitud la encuentra el hombre cuando se abre al Absoluto y, superándose a sí mismo, va al encuentro de los demás. La imagen de Dios en el hombre se hace plena cuando éste orienta su inteligencia y libertad hacia la comunión y la participación, es decir, hacia la solidaridad con los demás. Crecer en humanidad es crecer en solidaridad.

31 La concepción cristiana de la sociedad como familia, que tiene su más completa presentación en la Gaudium et spes, nos muestra una unidad englobante de todos los individuos que la forman. Dicha concepción pone de manifiesto que: todos los seres humanos hemos sido creados a imagen de Dios, y, por tanto, estamos llamados a un mismo fin que es Dios mismo; la exigencia de amar a Dios está estrechamente vinculada con la exigencia de amar al prójimo; si Dios es trinidad y comunión, y el hombre es imagen y semejanza de Dios, entonces el hombre debe estar, necesariamente, en comunidad. Sólo en la medida en que se esfuerce por construir la comunión con los demás, se irá realizando.

32 En definitiva, la sociedad no se da entre los hombres accidentalmente o por simple encuentro, sino esencialmente. Así pues, – «el desarrollo de la persona y el crecimiento de la sociedad están mutuamente condicionados. Porque el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es, y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social, que engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación [...]. En nuestra época, por varias causas, se multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las interdependencias; de aquí nacen diversas asociaciones e instituciones tanto del derecho público como del derecho privado. Este fenómeno, que recibe el nombre de socialización, aunque encierra algunos peligros, ofrece, sin embargo, muchas ventajas para consolidar y desarrollar las cualidades de la persona humana y para garantizar sus derechos» (GS, 25).

33 En el proceso de socialización, las leyes, las instituciones y las estructuras, deben subordinarse al servicio de las relaciones entre las personas; cuando sucede lo contrario, las relaciones entre las personas son "cosificadas" destruyendo la comunión interpersonal. Las instituciones y estructuras, que deben ser medio de mayor realización para las personas, se convierten en amenaza a causa del pecado personal-individual proyectado hacia ellas y hacia el ambiente. La realidad social puede ser deteriorada por las consecuencias del pecado, pero el pecado desde la libertad individual no sólo se proyecta hacia las estructuras, sino que puede originarse bajo el influjo de éstas. Lo social se vuelve inducción al mal, el cual, sin embargo, nunca puede acontecer sin una abdicación propia de la libertad personal. No existe un determinismo absoluto que lleve al pecado de la persona desde lo social viciado por el pecado; pero sí hay un fuerte condicionamiento, que requiere esfuerzo humano y, ante todo, gracia divina para ser superado

34 Desde esta visión del Concilio, Juan Pablo II habla de las estructuras de pecado definiéndolas «la suma de factores negativos, que actúan contrariamente a una verdadera conciencia del bien común universal y de la exigencia de favorecerlo, parece crear, en las personas e instituciones, un obstáculo difícil de superar. Las estructuras de pecado se fundan en el pecado personal y, por consiguiente, están unidas siempre a actos concretos de las personas, que las introducen y hacen difícil su eliminación. Y así, estas mismas estructuras se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres»(SRS, 36 – 37).


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