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El cántico está constituido por la primera parte de un largo y hermoso himno que se encuentra en el libro de Daniel. Lo cantan tres jóvenes judíos.

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4 El cántico está constituido por la primera parte de un largo y hermoso himno que se encuentra en el libro de Daniel. Lo cantan tres jóvenes judíos arrojados a un horno ardiente por haberse negado a adorar la estatua del rey babilonio Nabucodonosor. + En el horno, los tres jóvenes cantan un himno de bendición dirigido a Dios. + El libro de Daniel refleja las inquietudes, las esperanzas y también las expectativas apocalípticas del pueblo elegido, el cual, en la época de los Macabeos (siglo II a. C.), luchaba para poder vivir según la ley dada por Dios.

5 Los versículos del capítulo tercero de Daniel forman la introducción, que precede al grandioso desfile de las criaturas implicadas en la alabanza. Una mirada panorámica a todo el canto en su forma litánica nos permite descubrir una sucesión de elementos que componen la trama de este himno. + Éste comienza con seis invocaciones dirigidas expresamente a Dios; las sigue una llamada universal a las «criaturas todas del Señor» para que abran sus labios ideales a la bendición (cf. v. 57). + Sucesivamente el canto seguirá convocando a todas las criaturas del cielo y de la tierra a alabar y ensalzar a su Señor. (cf. v ).

6 En este pasaje inicial destacan algunos elementos: B) La bendición divina a menudo se otorga por intermedio de los sacerdotes (cf. Nm 6, ; Si 50,20-21), a través de la imposición de las manos; la bendición humana, por el contrario, se expresa en el himno litúrgico, que la asamblea de los fieles eleva al Señor. a) En la Biblia hay dos tipos de bendición, relacionadas entre sí. Una es la bendición que viene de Dios: el Señor bendice a su pueblo (cf. Nm 6,34-27). Es una bendición eficaz, fuente de fecundidad, felicidad y prosperidad. b) La otra es la que sube de la tierra al cielo. El hombre que ha gozado de la generosidad divina bendice a Dios, alabándolo, dándole gracias y ensalzándolo: «Bendice, alma mía, al Señor» (Sal 102,1; 103,1). A) la invitación a la bendición: «Bendito eres, Señor», que al final se convertirá en «Bendecid».

7 El hecho de que este cántico se proponga para la mañana del domingo, es una invitación a abrir los ojos ante la nueva creación que tuvo origen precisamente con la resurrección de Jesús. + Al cantar este cántico, el creyente cristiano es invitado a contemplar el mundo de la primera creación, intuyendo en él el perfil de la segunda, inaugurada con la muerte y la resurrección del Señor Jesús.

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9 Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres: a ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito tu nombre, santo y glorioso: a él gloria y alabanza por los siglos.

10 Bendito eres en el templo de tu santa gloria: a ti gloria y alabanza por los siglos.

11 Bendito eres sobre el trono de tu reino: a ti gloria y alabanza por los siglos.

12 Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas los abismos: a ti gloria y alabanza por los siglos.

13 Bendito eres en la bóveda del cielo: a ti honor y alabanza por los siglos.

14 Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos.

15 La comunidad cristiana veía en los jóvenes martirizados por el rey, que, en medio de las llamas cantaban unánimes a Dios, una imagen evocadora de la actitud de la Iglesia. Perseguida por los poderes del mundo, sometida a los sufrimientos del martirio, la comunidad de Jesús se siente como refrigerada por una suave brisa, que no es otra sino la esperanza que le infunde la contemplación del Resucitado. También él fue perseguido y martirizado y, tras un breve sufrir, venció la muerte y ahora se sienta, feliz y glorioso, a la derecha del Padre.

16 La Iglesia de nuestros días necesita también este aliento. Por muchos que sean los sufrimientos y las dificultades, el recuerdo de la resurrección debe constituir como una brisa refrescante que nos impida sucumbir ante la tristeza y nos haga vivir tranquilamente dedicados a la alabanza, como los tres jóvenes del horno de Babilonia

17 ORACIÓN Señor, tú que mitigaste las llamas del horno ardiente para que los tres jóvenes no sintieran el tormento de las llamas y permanecieran en tu fidelidad, protege también hoy a tu pueblo para que, en medio del fuego de la tentación y del desánimo, no deje de cantar tu gloria con todas las criaturas, por los siglos de los siglos. Amén.


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