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Criaturas del Señor, bendecid al Señor (Dn 3,57). Este cántico, tomado del libro de Daniel, tiene una dimensión cósmica. Y esta estupenda plegaria.

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4 Criaturas del Señor, bendecid al Señor (Dn 3,57). Este cántico, tomado del libro de Daniel, tiene una dimensión cósmica. Y esta estupenda plegaria en forma de letanía corresponde muy bien al día del Señor, que en Cristo resucitado nos hace contemplar el culmen del designio de Dios sobre el cosmos y sobre la historia. + En la resurrección de Cristo culmina la historia de la salvación, abriendo las vicisitudes humanas al don del Espíritu y de la adopción filial, en espera de la vuelta del Esposo divino, que entregará el mundo a Dios Padre (cf. 1 Co 15,24).

5 En este pasaje, en forma de letanía, a) se pasa revista a todas las cosas. La mirada se dirige al sol, a la luna, a los astros; se posa sobre la inmensa extensión de las aguas; se eleva hacia los montes; recorre las más diversas situaciones atmosféricas; pasa del calor al frío, de la luz a las tinieblas; considera el mundo mineral y el vegetal; se detiene en las diversas especies de animales. b) Luego el llamamiento se hace universal: convoca a los ángeles de Dios, y llega a todos los «hijos de los hombres», pero implica de modo particular al pueblo de Dios, Israel, a sus sacerdotes, a los justos. Es un inmenso coro, una sinfonía en la que las diversas voces elevan su canto a Dios, Creador del universo y Señor de la historia.

6 En cierto sentido, en este cántico se refleja el alma religiosa universal, que percibe en el mundo la huella de Dios, y se eleva a la contemplación del Creador. Pero en el contexto del libro de Daniel, el himno se presenta como acción de gracias elevada por los tres jóvenes israelitas -Ananías, Azarías y Misael- condenados a morir en un horno de fuego ardiente, por haberse negado a adorar la estatua de oro de Nabucodonosor, pero milagrosamente preservados de las llamas. + El cántico se sitúa en la línea de los cantos de alabanza de quienes han sido librados de un peligro, presentes en el Antiguo Testamento. Entre ellos es famoso el canto de victoria recogido en el capítulo 15 del Éxodo, donde los antiguos hebreos expresan su acción de gracias al Señor por aquella noche en la que hubieran sido inevitablemente derrotados por el ejército del faraón si el Señor no les hubiera abierto un camino entre las aguas, «arrojando en el mar caballo y carro» (Ex 15,1).

7 No por casualidad, en la solemne Vigilia pascual, la liturgia nos hace repetir cada año el himno que cantaron los israelitas en el Éxodo. Ese camino abierto para ellos anunciaba proféticamente la nueva senda que Cristo resucitado inauguró para la humanidad en la noche santa de su resurrección de entre los muertos. + Los discípulos de Cristo, al repetir en la liturgia dominical de las Laudes el cántico de los tres jóvenes israelitas, queremos ponernos en sintonía con ellos expresando nuestra gratitud por las maravillas que ha realizado Dios tanto en la creación como, sobre todo, en el misterio pascual.

8 «Bendito el Señor en la bóveda del cielo, alabado y glorioso y ensalzado por los siglos» (Dn 3,56). Al cantar este himno el domingo por la mañana, el cristiano no sólo se siente agradecido por el don de la creación, sino también por ser destinatario de la solicitud paterna de Dios, que en Cristo lo ha elevado a la dignidad de hijo.

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10 Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos. Ángeles del Señor, bendecid al Señor; cielos, bendecid al Señor.

11 Aguas del espacio, bendecid al Señor; ejércitos del Señor, bendecid al Señor. Sol y luna, bendecid al Señor; astros del cielo, bendecid al Señor.

12 Lluvia y rocío, bendecid al Señor; vientos todos, bendecid al Señor. Fuego y calor, bendecid al Señor; fríos y heladas, bendecid al Señor.

13 Rocíos y nevadas, bendecid al Señor; témpanos y hielos, bendecid al Señor. Escarchas y nieves, bendecid al Señor; noche y día, bendecid al Señor.

14 Luz y tinieblas, bendecid al Señor; rayos y nubes, bendecid al Señor. Bendiga la tierra al Señor, ensálcelo con himnos por los siglos.

15 Montes y cumbres, bendecid al Señor; cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor. Manantiales, bendecid al Señor; mares y ríos, bendecid al Señor.

16 Cetáceos y peces, bendecid al Señor; aves del cielo, bendecid al Señor. Fieras y ganados, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos.

17 Hijos de los hombres, bendecid al Señor; bendiga Israel al Señor. Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor; siervos del Señor, bendecid al Señor.

18 Almas y espíritus justos, bendecid al Señor; santos y humildes de corazón, bendecid al Señor. Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos.

19 Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo con himnos por los siglos. Bendito el Señor en la bóveda del cielo, alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

20 La comunidad cristiana -sobre todo la que vivió las grandes persecuciones de los comienzos- veía en los jóvenes martirizados por el rey Nabucodonosor una imagen evocadora de la actitud de la Iglesia. Perseguida por los poderes del mundo, sometida a los sufrimientos del martirio, la comunidad de Jesús se siente como refrigerada por una suave brisa, que no es otra sino la esperanza que le infunde la contemplación del Resucitado. También él fue perseguido y martirizado y, tras un breve sufrir, venció la muerte y ahora se sienta, feliz y glorioso, a la derecha del Padre.

21 L a Iglesia de nuestros días necesita también este aliento. Por muchos que sean los sufrimientos y las dificultades, el recuerdo de la resurrección de Cristo puede impedirnos sucumbir ante la tristeza y hacernos vivir tranquilamente dedicados a la alabanza, como los tres jóvenes del horno de Babilonia.

22 ORACIÓN Que te alabe, Dios Creador, el universo nacido de tu fuerza creadora; que te alabe, Padre eterno, tu Hijo Jesucristo, nacido en el tiempo, culmen y consistencia de todo lo creado; que te alabe tu Espíritu, en la Iglesia, símbolo de la nueva Creación; que nosotros seamos alabanza constante a tu inmensa prodigalidad. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.


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