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Resurrección de Jesús -B- Juan 20, 1-9 ¿Por qué se margina a las mujeres, si el Maestro las hizo dignas de las predilecciones de su corazón y de su amor?

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Presentación del tema: "Resurrección de Jesús -B- Juan 20, 1-9 ¿Por qué se margina a las mujeres, si el Maestro las hizo dignas de las predilecciones de su corazón y de su amor?"— Transcripción de la presentación:

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2 Resurrección de Jesús -B- Juan 20, 1-9 ¿Por qué se margina a las mujeres, si el Maestro las hizo dignas de las predilecciones de su corazón y de su amor? Dios Padre/Madre eligió a una mujer cuando nos quiso mostrar su rostro haciéndose hombre. A la samaritana le dice que hay que ir más allá de los templos y de las religiones, que se ha de buscar a Dios en el corazón de cada persona porque es el verdadero templo donde habita. A Marta, que Él es la Resurrección y la Vida. Y en la madrugada de Pascua encomienda a María Magdalena llevar a los apóstoles el mensaje más grande de la historia, la Buena Nueva Pascual: La vida ha vencido a la muerte, Él ha resucitado. Maria Àngels Filella Castells La mirada violeta. Los Evangelios con ojos de mujer.

3 1 El domingo por la mañana, muy temprano, antes de salir el sol, María Magdalena se presentó en el sepulcro. Sensibilidad, dolor, nostalgia, búsqueda, impulso del corazón, amor... son algunas de las actitudes de María Magdalena, primera testigo de la Resurrección. El amor madruga más que el sol. El amor es luz en la oscuridad, El amor hace testigos de lo invisible, de lo increíble. El amor no mide, derrocha. El amor tiene bastante con amar.

4 Cuando vio que había sido rodada la piedra que tapaba la entrada, 2 se volvió corriendo a la ciudad para contárselo a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús tanto quería. Les dijo: -Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto Dios no siempre está donde creemos que está, ni donde nos gustaría que esté, ni donde intentamos colocarlo, sino donde Él se pone. Él va delante, abriendo caminos. Siempre más lejos, para que no nos instalemos, para que sigamos buscándole día y noche, con luz y en la oscuridad. Como María Magdalena. Puede ser que no sepamos dónde lo han puesto o pensemos que nos lo han escondido, pero sabemos que está en los lugares y en las personas que él frecuentaba. Su ausencia nos lanza a buscarlo siempre... Y a dejarnos encontrar por Él.

5 3 Pedro y el otro discípulo se fueron rápidamente al sepulcro. 4 Salieron corriendo los dos juntos, pero el otro discípulo adelantó a Pedro y llegó antes que él. 5 Al asomarse al interior vio que las vendas de lino estaban allí; pero no entró. 6 Siguiéndole los pasos llegó Simón Pedro que entró en el sepulcro, 7 y comprobó que las vendas de lino estaban allí. Estaba también el paño que habían colocado sobre la cabeza de Jesús, pero no estaba con las vendas, sino doblado y colocado aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro. Vio y creyó. Pedro y el otro discípulo van juntos. Pedro, respetado como autoridad, se queda atrás, comprueba, pero no cree. El otro, se adelanta, ve y cree. Parece que el amor, la confianza y la intimidad abren los ojos de la fe más que la autoridad y el poder. Ir al encuentro de Jesús, buscarlo, nos cambiará la vida tanto como les cambió a los primeros discípulos. Hoy, Jesús pasa junto a nosotros: ¿le vemos? ¿creemos en Él?

6 Ahora somos nosotros quienes nos comprometemos a vivir como personas resucitadas, portadoras de esperanza, siguiendo las huellas del Resucitado: aliviando a las personas que lo necesiten, mostrando la alegría de la entrega y el encuentro, la ternura de la misericordia, el gozo del perdón, el entusiasmo por un mundo mejor... ¡porque creemos que Jesús ha resucitado! Desde el momento de la resurrección, Cristo no tiene otro cuerpo visible que el de los cristianos, ni otro amor que dar que el de éstos (L. Evely). 9 (Y es que hasta entonces, los discípulos no habían entendido la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos).

7 Yo también quiero, Rabboni, ser María Magdalena. Quiero escuchar tu voz, ver tu rostro y descansar en tus brazos. Quiero oír cómo tus labios pronuncian mi nombre y cómo tus ojos me miran con amor aceptándome como soy. Pero sabes, me duele quedarme siempre en la puerta de un encuentro pleno y eterno, y vivo soñando con que algún día se producirá esa meta final. Como María Magdalena, aspiro a esa unión con el Amado que nunca se termine, a que los momentos de intimidad se eternicen. Ésa es la aspiración de mi alma y ésa es la promesa a la que aspiraba María Magdalena y con la que contamos todos. Nuestra Promesa. Isabel Gómez-Acebo

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