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Lectura complementaria del envío n. XII: Apostolado de la Confesión Solidaridad: Meditación extraída de la serie "Hablar con Dios", Tomo IV, Domingo A.

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1 Lectura complementaria del envío n. XII: Apostolado de la Confesión Solidaridad: Meditación extraída de la serie "Hablar con Dios", Tomo IV, Domingo A de la 14ª Semana del Tiempo Ordinario, por Francisco Fernández Carvajal. - El ejemplo de Cristo. - Ser compasivos y misericordiosos. La carga del pecado y de la ignorancia. - Acudir a Cristo cuando nos resulte más costoso el peso de la vida. Aprender de Santa María a olvidarnos de nosotros mismos. De manera bien diferente a como muchos fariseos se comportaban con el pueblo, Jesús viene a librar a los hombres de sus cargas más pesadas, echándolas sobre Sí mismo. Venid a Mí todos los fatigados y agobiados -dice Jesús a los hombres de todos los tiempos-, y Yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera (1). Junto a Cristo se vuelven amables todas las fatigas, todo lo que podría ser más costoso en el cumplimiento de la voluntad de Dios. El sacrificio junto a Cristo no es áspero y rebelde, sino gustoso. Él llevó nuestros dolores y nuestras cargas más pesadas. El Evangelio es una continua muestra de su preocupación por todos: *en todas partes ha dejado ejemplos de su misericordia+ (2), escribe San Gregorio Magno. Resucita a los muertos, cura a los ciegos, a los leprosos, a los sordomudos, libera a los endemoniados... Alguna vez ni siquiera espera a que le traigan al enfermo, sino que dice: Yo iré y le curaré (3). Aun en el momento de la muerte se preocupa por los que le rodean. Y allí se entrega con amor, como víctima de propiciación por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (4). Nosotros debemos imitar al Señor: no sólo no echando preocupaciones innecesarias sobre los demás, sino ayudando a sobrellevar las que tienen. Siempre que nos sea posible, asistiremos a otros en su tarea humana, en las cargas que la misma vida impone: *Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes. +-(Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!+ (5). Nunca deberá parecernos excesiva cualquier renuncia, cualquier sacrificio en bien de otro. La caridad ha de estimularnos a mostrar nuestro aprecio con hechos muy concretos, buscando la ocasión de ser útiles, de aligerar a los demás de algún peso, de proporcionar alegrías a tantas personas que pueden recibir nuestra colaboración, sabiendo que nunca nos excederemos suficientemente. Liberar a los demás de lo que les pesa, como haría Cristo en nuestro lugar. A veces consistirá en prestar un pequeño servicio, en dar una palabra de ánimo y de aliento, en ayudar a que esa persona mire al Maestro y adquiera un sentido más positivo de su situación, en la que quizá se encuentre agobiada por hallarse sola. Al mismo tiempo, podemos pensar en esos aspectos en los que de algún modo, a veces sin querer, hacemos un poco más onerosa la vida de los demás: los caprichos, los juicios precipitados, la crítica negativa, la falta de consideración, la palabra que hiere.

2 II. El amor descubre en los demás la imagen divina, a cuya semejanza hemos sido hechos; en todos reconocemos el precio sin medida que ha costado su rescate: la misma Sangre de Cristo (6). Cuanto más intensa es la caridad, en mayor estima se tiene al prójimo y, en consecuencia, crece la solicitud ante sus necesidades y penas. No sólo vemos a quien sufre o pasa un apuro, sino también a Cristo, que se ha identificado con todos los hombres: en verdad os digo, cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí lo hicisteis (7). Cristo se hace presente en nosotros en la caridad. Él actúa constantemente en el mundo a través de los miembros de su Cuerpo Místico. Por eso, la unión vital con Jesús nos permite también a nosotros decir: venid a Mí todos los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré. La caridad es la realización del Reino de Dios en el mundo. Para ser fieles discípulos del Señor hemos de pedir incesantemente que nos dé un corazón semejante al suyo, capaz de compadecerse de tantos males como arrastra la humanidad, principalmente el mal del pecado, que es, sobre todos los males, el que más fuertemente agobia y deforma al hombre. La compasión fue el gesto habitual de Jesús a la vista de las miserias y limitaciones de los hombres: Siento compasión de la muchedumbre... (8), recogen los Evangelistas en tonos diversos. Cristo se conmueve ante toda suerte de desgracias que encontró a su paso por la tierra, y esa actitud misericordiosa es su postura permanente frente a las miserias humanas acumuladas a lo largo de los siglos. Si nosotros nos llamamos discípulos de Cristo debemos llevar en nuestro corazón los mismos sentimientos misericordiosos del Maestro. Pidamos al Señor en nuestra oración personal la ayuda de su gracia, para sentir compasión, en primer lugar, por aquellos que sufren el mal inconmensurable del pecado, los que están lejos de Dios. Así entenderemos cómo el apostolado de la Confesión es la mayor de las obras de misericordia, pues damos la posibilidad a Dios de verter su perdón generosísimo sobre quien se había alejado de la casa paterna. (Qué gran carga quitamos a quien estaba oprimido por el pecado y se acerca ala Confesión! (Qué gran alivio! Hoy puede ser un buen momento para preguntarnos: )a cuántas personas he llevado a hacer una buena Confesión?, )a qué otras puedo ayudar? Quitar cargas a quienes viven más estrechamente ligados a nuestra vida por tener la misma fe, el mismo espíritu, los mismos lazos de sangre, el mismo trabajo...: *mirad, ciertamente, por todos los indigentes con benevolencia general - insiste San León Magno-, pero acordaos especialmente de los que son miembros del Cuerpo de Cristo y nos están unidos por la unidad de la fe católica. Pues más debemos a los nuestros por la unión en la gracia que a los extraños por la comunidad de naturaleza+ (9). Aliviemos en la medida en que nos sea posible a tantos que soportan la dura carga de la ignorancia, especialmente de la ignorancia religiosa, que *alcanza hoy niveles jamás vistos en ciertos países de tradición cristiana. Por imposición laicista o por desorientación y negligencia lamentables, multitudes de jóvenes bautizados están llegando a la adolescencia con total desconocimiento de las más elementales nociones de la fe y la Moral y de los rudimentos mismos de la piedad. Ahora, enseñar al que no sabe significa, sobre todo, enseñar a los que nada saben de Religión, significa "evangelizarles", es decir, hablarles de Dios y de la vida cristiana+ (10). (Qué peso tan grande el de aquellos que no conocen a Cristo, que han sido privados de la doctrina cristiana o están imbuidos del error! III. No encontraremos camino más seguro para seguir a Cristo y para encontrar la propia felicidad que la preocupación sincera de liberar o aligerar de su lastre a quienes van cansados y agobiados, pues Dios dispuso las cosas *para que aprendamos a llevar las cargas unos de otros; porque no hay ninguno sin defecto, ninguno sin carga; ninguno que sea suficiente para sí, nadie tampoco que sea lo suficiente sabio para sí+ (11). Todos nos necesitamos. La convivencia diaria requiere esas mutuas ayudas, sin las cuales difícilmente podríamos ir adelante.

3 Y si alguna vez nos encontramos nosotros con un peso que nos resulta demasiado duro para nuestras fuerzas, no dejemos de oír las palabras del Señor: Venid a Mí. Sólo Él restaura las fuerzas, sólo Él calma la sed. *Jesús dice ahora y siempre: Venid a Mí todos los que andáis fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré. Efectivamente, Jesús está en una actitud de invitación, de conocimiento y de compasión por nosotros; es más, de ofrecimiento, de promesa, de amistad, de bondad, de remedio a nuestros males, de confortador y, todavía más, de alimento, de pan, de fuente de energía y de vida+ (12). Cristo es nuestro descanso. El trato asiduo con Nuestra Madre Santa María nos enseña a compadecernos de las necesidades del prójimo. Nada le pasó inadvertido a Ella, porque hasta los más pequeños apuros se hicieron patentes ante el amor que llenó siempre su Corazón. Ella nos facilitará el camino hacia Cristo cuando tengamos más necesidad de descargar en Él nuestras preocupaciones: *sacarás fuerzas para cumplir acabadamente la Voluntad de Dios, te llenarás de deseos de servir a todos los hombres. Serás el cristiano que a veces sueñas ser: lleno de obras de caridad y de justicia, alegre y fuerte, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo+ (13). Notas: (1) Mt 11, (2) SAN GREGORIO MAGNO, Homilías sobre los Evangelios, 25, 6.- (3) Mt 7, 7.- (4) 1 Jn 2, 2.- (5) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n (6) Cfr. 1 Pdr 1, 18.- (7) Mt 25, 40.- (8) Mc 8, 2.- (9) SAN LEON MAGNO, Sermón 89.- (10) J. ORLANDIS, 8 Bienaventuranzas, EUNSA, Pamplona 1982, pp (11) T. KEMPIS, Imitación de Cristo, Madrid 1873, I, 16, 4.- (12) PABLO VI, Homilía 12-VI (13) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios, 293. Testimonio de San Josemaría sobre El apostolado de la confesión (HISTORIA DEL OPUS DEI Y DE SU FUNDADOR, François Gondrand) Una de las cosas que más hacen sufrir al Padre desde hace algunos años es que no faltan en la Iglesia quienes tratan de poner entre paréntesis el Sacramento de la Penitencia. Un Dios que nos saca de la nada, que crea, es algo imponente. Y un Dios que se deja coser con hierros al madero de la cruz, por redimirnos, es todo amor. Pero un Dios que perdona es padre y madre cien veces, mil veces, infinitas veces. Para las personas bien constituidas psicológicamente, la confesión –además de un don de Dios, porque es un Sacramento instituido por Jesucristo– es también un motivo de felicidad, de paz, de consuelo. El Padre pide insistentemente a todos que animen a sus amigos a confesarse con frecuencia. Algunos dicen que han perdido la fe, pero, ¿no será que tienen en el alma como una costra grasienta que les impide percibir las insinuaciones del Espíritu Santo?... En el Sacramento de la Penitencia recibirán un buen baño que los limpiará y les dará la fuerza necesaria para volver a vivir cristianamente. A los jóvenes, los «contestatarios», los de la generación de la protesta, les incita a rebelarse contra todo lo que envilece al hombre y le coloca al nivel de las bestias. Les invita a luchar día a día, con la ayuda de la gracia, para vencer en esas pequeñas cosas que templan la voluntad, como los deportistas que se entrenan con constancia para mejorar sus propias marcas. Los Juegos Olímpicos celebrados recientemente en Munich le suministran comparaciones que dan en el blanco. Cuando explica que la vida espiritual es lucha y, como el deporte, exige esfuerzo y entrenamiento para vencer los obstáculos, o cuando imita los gestos del atleta que se dispone a saltar, las miradas atentas de los reunidos le revelan que le han entendido perfectamente. El Padre suele prolongar su diálogo con los asistentes a esas tertulias de familia –como él las llama– durante tres cuartos de hora, más a veces. Antes de despedirse, extendiendo las manos, pide a todos que recen por él: –Rezad por mí, que lo necesito mucho..., que recéis por mi, como una limosna que me hacéis. Así el Señor le hará conformarse con lo que quiere ser: un servidor bueno y fiel, un buen canal de la gracia de Dios. Un folleto para repartir entre amigos (en la próxima página)

4 El Sacramento de la Reconciliación o Penitencia CINCO PASOS PARA UNA BUENA CONFESION 1 - Examen de conciencia: Esfuerzo sincero en recordar todos y cada uno de los 2 - Dolor de los pecados: Reconocer que se ha ofendido a Dios que nos ama tanto. pecados – Propósito de no volver a pecar: La simple y sincera determinación de no volver a pecar por amor a Dios. 4 – Decir los pecados al sacerdote: De una manera concisa, concreta, clara, completa y número de veces. 5 – Cumplir la penitencia: Cumplirla cuanto antes con humildad y dolor en desagravio, reparación y satisfacción de la culpa contraída al ofender a Dios. Pequeño Guión: A) Un examanen de conciencia con los Mandamientos de la Ley de Dios o. Amarás a Dios sobre todas las cosas: Creer en cosas supersticiosas, practicar el espiritismo, etc. Colaborar con quien ataca a la Iglesia, miembros de alguna secta o de la masonería, etc. 2o. No tomarás el nombre de Dios en vano: Usar el nombre de Dios sin respeto. Jurar poniendo a Dios por testigo en algo falso, o sin importancia. 3o. Santificarás las Fiestas: Faltar a Misa los Domingos o Días Festivos. Trabajar el Domingo sin permiso o sin necesidad. 4o. Honrarás a tu padre y a tu madre: Trato irrespetuoso a los Padres. Descuidar atención de la propia familia. Mal ejemplo a los hijos por el abuso en la bebida, acciones inmorales, etc o. No matarás: Hacer daño de palabra u obra a otro. Intentar el suicidio, ingerir drogas, etc. Imprudencias al manejar. Aconsejar o colaborar en un aborto (este pecado grave está además penado con excomunión). 6o. No cometerás actos impuros: Tener conversaciones indecentes. Realizar acciones deshonestas consigo mismo o con otros. Ver espectáculos indecentes, cine, algunos programas de T.V., libros, revistas. etc. Infidelidad y mal uso del matrimonio 7o. No hurtarás: Tomar lo ajeno sin permiso del dueño. Malgastar el dinero. Cobrar más de lo debido con engaños o. No dirás falso testimonio ni mentirás: Decir mentiras aunque se crea hacer bien. Murmuraciones, críticas y calumnias. 9o. No consentir pensamientos ni deseos impuros: Consentir un deseo de una acción impura, aunque no se haga después. Pensar en cosas deshonestas. 10o. No codiciarás los bienes ajenos: Deseo desordenado de poseer lo ajeno. Envidias. -6- B) Los Mandamientos de la Iglesia 1o. Oír Misa los Domingos y Fiestas de Guardar 2o. Confesarse cuando menos una vez al año, o cuando se ha de Comulgar y no se está en gracia. 3o. Comulgar por Pascua de Resurrección. 4o. Ayunar y Abstenerse de comer carne cuando lo manda la Iglesia 5o. Contribuir al sostenimiento de la Iglesia según posibilidades de cada uno. -7- C) Los pecados capitales 1o. SOBERBIA: Amor desordenado de nuestra propia excelencia: Pensar sólo en uno mismo y en sus intereses. Vanidad: preocupación excesiva por el vestido, adornos, etc. Orgullo y Egoísmo. Hipocresía: Fingir cualidades que no se tienen. 2o. AVARICIA: Amor desordenado de los Bienes Materiales: Adquirir bienes por medios ilícitos. No ayudar al necesitado cuando se puede hacerlo. 3o. LUJURIA: Apetito de deleites carnales: Ver lo que enseña el Sexto y Noveno Mandamientos de la Ley de Dios o. IRA: Acaloramiento de ánimo o deseo de Venganza: Odios y Rencores. No perdonar las ofensas. No cumplir con las obligaciones. 5o. GULA: Apetito desordenado en el Comer y el Beber: Embriaguez. Comer más de lo necesario, por placer. 6o. ENVIDIA: Pesar por el bien ajeno: Deseo desordenado por los bienes o cualidades de otros. 7o. PEREZA: Decaimiento del ánimo en el buen obrar: Flojera. Perder el tiempo. Deben incluirse, además, los pecados de omisión


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