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CRACK DEL 29 Y LA GRAN DEPRESIÓN. FELICES AÑOS 20.

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Presentación del tema: "CRACK DEL 29 Y LA GRAN DEPRESIÓN. FELICES AÑOS 20."— Transcripción de la presentación:

1 CRACK DEL 29 Y LA GRAN DEPRESIÓN

2 FELICES AÑOS 20

3 NO PERDAMOS EL HILO… COPIA ESTOS TÉRMINOS REVOLUCIÓN INDUSTRIALFASCISMO/NAZISMO REVOLUCIONES RUSASPAZ VERSALLES DESPRESTIGIO DE LAS DEMOCRACIAS LIBERALESFELICES AÑOS 2O ALEMANIA CULPABLENACIONALISMOS COLONIALISMO2ª GUERRA MUNDIAL GRAN DEPRESIÓN 1ª GUERRA MUNDIAL RENCOR U.R.S.S. EXCEDENTES DE PRODUCCIÓN CRACK 29 CAPITALISMO PAZ BRESTLITOVSK

4 LO MÁS IMPORTANTE EN LA VIDA Y EN LA ECONOMÍA ES TENER: 1.-MIRA LA GRÁFICA DE DISTRIBUCIÓN INDUSTRIAL PÁG 150. MIRA EL CUADRO PRECIOS Y STOCKS PAG.151. SACA TRES CONCLUSIONES 2.-.COPIA EN EL CUADERNO EL CUADRO DE LA DEPRESIÓN DE 1929 PÁG.155 (en casa). SEÑALA LOS TRES PUNTOS MÁS IMPORTANTES DEL PROCESO. CONFIANZA

5 La clase alta, sin embargo, dueña del poder y de la riqueza, no se dio cuenta del peligro que amenazaba el frágil equilibrio de su posición. Los ricos se divertían bailando el charlestón y los nuevos ritmos el jazz, el fox-trot y unas cumbias de negros que eran una maravillosa indecencia. Se renovaron los viajes en barco a Europa, que se habían suspendido durante los cuatro años de guerra y se pusieron de moda otros a Nortameamérica. Llegó la novedad del golf, que reunía a la mejor sociedad para golpear una pelotita con un palo, tal como doscientos años antes hacían los indios en esos mismos lugares. Las damas se ponían collares de perlas falsas hasta las rodillas y sombreros de bacinilla hundidos hasta las cejas, se habían cortado el pelo como hombres y se pintaban como meretrices, habían suprimido el corsé y fumaban pierna arriba. Los caballeros andaban deslumbrados por el invento de los coches norteamericanos, que llegaban al país por la mañana y se vendían el mismo día por la tarde, a pesar de que costaban una pequeña fortuna y no eran más que un estrépito de humo y tuercas sueltas corriendo a velocidad suicida por unos caminos que fueron hechos para los caballos y otras bestias naturales, pero en ningún caso para máquinas de fantasía. En las mesas de juego se jugaban herencias y las riquezas fáciles de la posguerra, destapaban el champán, y llegó la novedad de la cocaína para los más refinados y viciosos. Isabel Allende. La Casa de los Espíritus. Ed. Plaza y Janés. Barcelona, 1992 SOBREPRODUCCIÓN

6 CRACK BURSATIL DE 1929

7 Muy pronto, un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la de mi país. Era un asuntillo llamado mercado de valores (...). Si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil, el resto se le dejaba a deber al agente (...). El mercado seguía subiendo y subiendo (...). Lo más sorprendente del mercado en 1929 era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar (...). El fontanero, el carnicero, el hombre del hielo, todos anhelando hacerse ricos arrojaban sus mezquinos salarios –y en muchos casos los ahorros de toda la vida– en Wall Street (...). Un buen día el mercado empezó a vacilar. Algunos de los clientes más nerviosos fueron presa del pánico y empezaron a vender (...); al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores (...) y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio (...). Luego, un día, Wall Street tiró la toalla y se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada porque para entonces todo el país estaba llorando. Groucho Marx. Groucho y yo

8 Edward Stone, importante especulador bursátil, llegó a casa a las seis de la tarde del Jueves Negro. Con los ojos enloquecidos gritó a su hija Edith: - No podemos conservar nada. No tengo ni un centavo. La Bolsa se ha hundido. Nos hemos quedado sin nada. ¡Nada¡ ¡Voy a matarme¡ Es la única solución. Tendréis el seguro... Y echó a correr en dirección a la terraza (...). Un paso le separaba de la barandilla cuando Edith logró agarrarle un pie y retorcérselo hasta derribarlo (...). Entonces intervino la esposa, que le abofeteó repetidas veces y, al fin, Edward Stone empezó a reaccionar (...). Todo había pasado en menos de cinco minutos. Comenzaron a llegar los criados, a quienes hubo que decir que se había caído. Al final, ya más calmado y en su habitación junto a su mujer e hija, logró contar lo ocurrido. Estaban en la más completa miseria. Ese día había perdido más de cinco millones de dólares. Gordon Thomas. El día en que se hundió la Bolsa

9 Empero existe más peligro de exagerar el interés popular por el mercado que de infravalorarlo. El tópico de que en 1929 todo el mundo jugaba en la bolsa no es ni mucho menos literalmente verdad. Entonces, como ahora, el mercado de valores era para la gran mayoría de obreros, agricultores y empleados -es decir, la gran mayoría de los norteamiricanos-, algo remoto y vagamente siniestro. Entonces, como ahora, pocos sabían cómo había que arreglárselas para comprar títulos; la compra de valores a plazo y con fianza era en todo caso un hecho tan alejado de la vida real de la masa de población como el Casino de Montecarlo. (...) De modo que sólo un millón y medio de personas -de una población de unos 120 millones de personas y de 29 a 30 millones de familias- participaron activamente de alguna manera en el mercado de valores. John Kenneth Galbraith. El crack del 29.

10 GRAN DEPRESIÓN

11 El trabajo del hombre y de la naturaleza, el producto de las cepas y de los árboles, debe ser destruido para que se mantenga el curso de los precios, lo que significa una abominación que sobrepasa cualquier otra. Hay cargamentos de naranjas arrojadas por todas partes, la gente viene desde lejos para cogerlos, pero no lo consiguen (...), porque se envía a hombres encargados de rociar con petróleo los montones de naranjas (...). Y los niños atacados por la pelagra mueren porque cada naranja debe rendir un beneficio. Y como causa del fallecimiento se describe en el registro: muerte por subnutrición. Y todo esto porque los alimentos se pudren, porque se les fuerza a que se pudran. En el alma de la gente engordan y maduran las uvas de la ira anunciando próximas vendimias. John Steinbeck. Las uvas de la ira, 1939.

12 Y entonces los desposeídos fueron empujados hacia el oeste (...). Carretadas, caravanas, sin hogar y hambrientos, veinte mil, cincuenta mil y doscientos mil (...). Corriendo a encontrar algún trabajo para hacer –levantar, empujar, tirar, recoger, cortar– cualquier cosa, cualquier carga con tal de comer. Los críos tienen hambre. No tenemos dónde vivir. Como hormigas corriendo en busca de trabajo y, sobre todo, de tierra (...). Los hombres, que han creado nuevas frutas en el mundo, son incapaces de crear un sistema gracias al cual se pueda comer. Y este fracaso cae sobre el Estado como una gran catástrofe (...). Y en los ojos de la gente hay una expresión de fracaso, y en los ojos de los hambrientos hay una ira que va creciendo. En sus almas las uvas de la ira van desarrollándose y creciendo y algún día llegará la vendimia. John Steinbeck, Las uvas de la ira, 1939.

13 El verano de 1932 fue probablemente el punto más bajo de la depresión. Todo era muy sencillo: nadie tenía dinero. El que sería el último gobierno republicano en el curso de dos décadas estaba a punto de recibir el finiquito, sin ideas, y para nosotros como si dijéramos en el cubo de la basura, falto incluso de la retórica de la esperanza. Los recuerdos que tengo de aquel año (...) Me configuraban una ciudad fantasma que poco a poco se iba cubriendo de polvo, manzana tras manzana, cada vez con más rótulos de SE TRASPASA en sucios escaparates de tiendas y talleres abiertos muchos años antes y en la actualidad cerrados. Fue también el año de las colas en las panaderías, de hombres sanos y robustos que formaban en batallones de seis y ocho en fondo a lo largo del muro de algún almacén, en espera de que este o aquel organismo municipal improvisado, o el Ejército de Salvación o cualquier iglesia, les diese un tazón de caldo o un panecillo. A. Miller. Vueltas al tiempo.

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15 Pedí la cuenta. Cuando la trajeron, estaba cuidadosamente detallada y sumaba de marcos. Muy serviciales, habían calculado al cambio especial de 31 dólares con ¿Puedo ver esa cuenta? -preguntó Alfred, poniéndose las gafas de leer y, antes de que yo pudiera evitarlo, la tomó. Christoph se puso de pie, miró por encima del hombre de Alfrd y sacó la estilográfica (...) ¡Herr camarero¡ -gritó Alfred. Un momento -protesté-. Esta es mi fiesta, sé que el lugar es caro... No me prestaron atención. En un abrir y cerrar de ojos, el maître, el gerente y un cajero se habían reunido en torno a nuestra mesa. -Herr Baron, es el procedimiento habitual aquí. -¿Desde cuándo? ¡Esto es ultrajante¡ ¡No es culpa nuestra, señor¡ ¿De dónde ha sacado este tipo de cambio? Usted sabe muy bien que a las doce eran veintiséis mil millones (el dólar). -¡Pero ahora son las dos de la madrugada, Herr Baron¡ Tenemos que defendernos... -¿E inventa por ello un nuevo cambio? ¿El cambio nocturno del Adlon? El cálculo da menos de veinticinco mil millones por dólar -anunció Christoph, que había estado haciendo cuentas en el reverso de un menú. -Herr Baron, tenemos que defendernos -dijo el gerente. ¿Cómo sabremos cuál será el cambio cuando depositemos el dinero mañana por la mañana? -preguntó el cajero. Era un joven pálido, colérico, de piel enfermiza y gafas de cristales gruesos. Vestía un traje raído. Parecía cansado. -¡Usted está cobrando en dólares, hombre¡ -dijo Christoph en tono de plaza de armas-, ¡Mañana por la mañana valdrán más¡ Por supuesto, ellos lo sabían perfectamente. Si yo hubiera tratado de pagar la cuenta en marcos -suponiendo que hubiese podido llevar al comedor más de setecientos noventa mil millones de marcos- no los hubieran aceptado. ¿Qué hacía la gente si no tenía dólares, libras, florines o francos? Algo que seguro no hacían era cenar en el Hotel Adlon. Cuando terminaron las negociaciones, mi cuenta había sido reducida en un dólar y veintitrés centavos, lo cual difícilmente valía la pequeña escena. Arthur R. G. Somssen. Una princesa en Berlín Arthur R. G. Somssen. Una princesa en Berlín.

16 El ensanchamiento de laus fnciones del Estado, necesario para la adaptación recíproca de la propensión a consumir y de la incitación a invertir, parecería (a algunos) una horrible infracción de los principios individualistas. Este ensanchamiento nos parece lo contrario y el único medio para evitar la destrucción completa de las instituciones económicas actuales, y la condición para un feliz ejercicio de la iniciativa individual. J. M. Keynes. Teoría general sobre el empleo, el interés y la moneda

17 Nuestra más ardua tarea, la primera, es hacer que el pueblo vuelva al trabajo. No es un problema insoluble si nos enfrentamos a él con prudencia y valentía. Puede realizarse, en parte, mediante la contratación directa por parte del gobierno, actuando como en un caso de guerra pero, al mismo tiempo llevando a cabo los trabajos más necesarios, a partir de estas personas contratadas, para estimular y reorganizar la utilización de nuestros recursos naturales. Discurso de toma de posesión de F. D. Roosevelt. Marzo de 1933.

18 ¿QUÉ SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS PUEDES ENCONTRAR ENTRE 1929 Y NUESTRA CRISIS?


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