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MIGUEL CERVANTES (1547-1616). DISCURSO DE LA EDAD DE ORO Dichosa edad y siglos dichosos aquellos que los antiguos llamaron dorados, y no porque en ellos.

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1 MIGUEL CERVANTES ( )

2 DISCURSO DE LA EDAD DE ORO Dichosa edad y siglos dichosos aquellos que los antiguos llamaron dorados, y no porque en ellos el oro se alcanzase sin fatiga alguna, sino porque los que entonces vivían ignoraban las palabras tuyo y mío, pues todas las cosas eran comunes.

3 Para el sustento diario, no había más trabajo que alzar la mano y recoger los dulces frutos de las robustas encinas. Las fuentes eran claras y los ríos, de aguas sabrosas y transparentes. Las solícitas abejas daban a cualquiera la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques ofrecían generosamente sus anchas y livianas

4 cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, apoyadas sobre rústicas estacas nada más que para defenderse de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la mano del hombre con su arado a abrir y trabajar la tierra porque ella, sin ser forzada, ofrecía por todas las partes lo que pudiese hartar,

5 sustentar y deleitar a sus hijos. No había engaños y la malicia no se mezclaba con la verdad. La justicia triunfaba sin que la degradaran el favor y los intereses que hoy tanto la dañan. Los jueces eran libres porque entonces no había a quien juzgar. Entonces las hermosas pastoras andaban solas y sin temor por donde querían, con el cabello suelto y sin más vestidos que algunas hojas verdes

6 entretejidas para cubrir lo que la honestidad requiere. Pero ahora, en estos detestables siglos, no está segura ninguna mujer aunque se oculte en un laberinto como el de Creta. Para su seguridad, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender a las doncellas, amparar a las viudas, y socorrer a los huérfanos y a los necesitados. De esta orden soy yo,

7 hermanos cabreros, a quien agradezco el buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero; que, aunque por ley natural todos los que viven están obligados a favorecer a los caballeros andantes, a vosotros, desconocedores de esta obligación es razonable que os agradezca aún más vuestra acogida y generosidad.

8 ANTONIO MACHADO ( )

9 ORILLAS DEL DUERO Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario. Girando en torno a la torre y al caserón solitario, ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno, de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno. Es una tibia mañana. El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.

10 Pasados los verdes pinos, casi azules, primavera se ve brotar en los finos chopos de la carretera y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente. El campo parece, más que joven, adolescente.

11 Entre las hierbas, alguna humilde flor ha nacido, azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido, y mística primavera!

12 Chopos del camino blanco, álamos de la ribera, espuma de la montaña ante la azul lejanía, sol del día, claro día! ¡Hermosa tierra de España!

13 A UN OLMO SECO Al olmo viejo, herido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas le han salido.

14 ¡El olmo centenario en la colina que lame el Duero! Un musgo amarillento le mancha la corteza blanquecina al tronco carcomido y polvoriento.

15 Ejército de hormigas en hilera va trepando por él, y en sus entrañas urden sus telas grises las arañas.

16 Antes que te derribe, olmo del Duero, con su hacha el leñador, y el carpintero te convierta en soporte de campana, lanza de carro o yugo de carreta; antes que rojo en el hogar, mañana, ardas en alguna mísera caseta, al borde de un camino; antes que te descuaje un torbellino

17 Y tronche el soplo de las sierras blancas; antes que el río hasta la mar te empuje por valles y barrancas, olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida. Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.

18 POR TIERRAS DE ESPAÑA El hombre de estos campos que incendia los pinares y su despojo aguarda cono botín de guerra, antaño hubo raído los negros encinares, talado los robustos robledos de la sierra. Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares; la tempestad llevarse los limos de la tierra por los sagrados ríos hacia los mares; y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

19 Es hijo de una estirpe de rudos caminantes, pastores que conducen sus hordas de merinos a Extremadura fértil, rebaños trashumantes que mancha el polvo y dora el sol de los caminos. Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto, hundidos, recelosos, movibles; y trazadas cual arco de ballesta, en el semblante enjuto de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.

20 Abunda el hombre malo del campo y de la aldea, capaz de insanos vicios y crímenes bestiales, que bajo el pardo sayo esconde un alma fea, esclava de los siete pecados capitales. Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza, guarda su presa y llora la que el vecino alcanza; Ni para su infortunio ni goza su riqueza; le hieren y acongojan fortuna y malandanza.

21 El numen de esos campos es sanguinario y fiero: el declinar la tarde, sobre el remoto alcor, veréis agigantarse la forma de un arquero, la forma de un inmenso centauro flechador. Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta -no fue por estos campos el bíblico jardín-; Son tierras para el águila, un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín.

22 GERARDO DIEGO ( )

23 RÍO DUERO, RÍO DUERO Río Duero, río Duero, nadie a acompañarte baja, nadie se detiene a oír tu eterna canción de agua.

24 Indiferente o cobarde la ciudad vuelve la espalda. No quiere ver en tu espejo su muralla desdentada.

25 Tú, viejo Duero, sonríes entre tus barbas de plata, moliendo con tus romances las cosechas mal logradas.

26 Y entre los santos de piedra y los álamos de magia pasas llevando en tus ondas palabras de amor, palabras.

27 Quién pudiera como tú, a la vez quieto y en marcha cantar siempre el mismo verso pero con distinta agua.

28 Río Duero, río Duero, nadie a acompañarte baja, ya nadie quiere atender tu eterna estrofa olvidada

29 sino los enamorados que preguntan por sus almas y siembran en tus espumas palabras de amor, palabras.

30 EL CIPRÉS DE SILOS Enhiesto surtidor de sombra y sueño que acongojas el cielo con tu lanza. Chorro que a las estrellas casi alcanza devanando a sí mismo en loco empeño.

31 Mástil de soledad, prodigio isleño, flecha de fe, saeta de esperanza. Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza, peregrina al azar, mi alma sin dueño.

32 Cuando te vi señero, dulce, firme, qué ansiedades sentí de diluirme y ascender como tú, vuelto en cristales,

33 como tú, negra torre de arduos filos, ejemplo de delirios verticales, mudo ciprés en el fervor de Silos.


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