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Escuela N° 4 – Enrique Banchs – Inst. Félix F. Bernasconi D.E. 6° - 2006 Leyendas y mitos del agua.

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1 Escuela N° 4 – Enrique Banchs – Inst. Félix F. Bernasconi D.E. 6° Leyendas y mitos del agua

2 Los aborígenes del Amazonas cuentan que, hace miles y de años, cuando la Tierra todavía estaba sumida en la oscuridad, nació un pequeño guerrero en las profundidades de un bosque inmensamente grande... No era un niño como los otros puesto que le estaba destinada una misión excepcional: transformarse en una luz con una claridad tan intensa que fuera capaz de dar a luz el día. Se llamaba Sol. El niño creció y se transformó en un joven y aguerrido guerrero, bello como el día y tan fuerte como el más grande de los árboles… Al cazar, se encontró en el bosque con una joven con una belleza tan luminosa que se enamoró perdidamente de ella. La joven se llamaba Luna y había nacido para iluminar dulcemente la quietud de la noche. Luna ofreció su corazón al joven guerrero Sol y se amaron profundamente con un gran amor, el más grande que el mundo nunca antes había conocido. Sin embargo, su felicidad no duró mucho porque Luna y Sol debían cumplir con sus respectivos destinos: ella debía ser la luz de la noche y él, la luz del día. Con una gran tristeza, se separaron y nunca más se volvieron a ver… pero el sol brillaba durante el día con intensidad y la luna resplandece en el cielo estrellado a fin de alumbrar la noche con sus dulces miradas…

3 Sin embargo, Luna, siempre enamorada, no podía soportar la ausencia de su Sol y, lloraba sin cesar. Las lágrimas rodaban y caían al suelo. Poco a poco, formaron charcos de agua que reflejaban una melancolía tan grande que cualquiera que se acercaba parecía de pronto invadido por un extraño sentimiento de tristeza… Luna, lloraba sin cesar y, cuanto más lloraba, más grandes eran los charcos de agua. Tanto lloró que las lágrimas terminaron formando rápidamente un pequeño arroyo serpenteante, que recorría con tristeza el bosque profundo. Cada día, sus lágrimas de amor alimentaban el río de pena que crecía sin cesar… hasta convertirse en un río tan largo y tan profundo en el que todos leían nostalgia y misterio: el río Amazonas. Todavía hoy, el Sol, con su amor infinito, aparece todos los días para iluminar el mundo y acaricia con sus rayos las aguas del río, las lágrimas de Luna, su bien amada, perdida para siempre. Los aborígenes del río Amazonas dicen que serán felices para siempre aquellos que, un día o una noche en su vida, verán en un instante al sol y luna en un mismo cielo. Sin duda, es la razón por la cual, al atardecer, no dejan de contemplar al sol desaparecer entre las curvas del río hasta fundirse en sus aguas.

4 La Madre del Agua En la cumbre de la montaña nacen las aguas. En palacios de hielo cristalino u opaco. En las regiones heladas que se licuan durante el día y se petrifican en las noches. Nace el granizo, que se junta las sombras de las quebradas En esa zona secreta vive la madre del agua, yacumama. Es una bellísima mujer cuya ondulante cabellera se disgrega en hebras acuáticas. Sentada sobre el promontorio rocoso incrustado en cuarzo, contempla su rostro angelical en su espejo de plata y mica. Desliza el peine de oro entre sus arremolinados cabellos y una fina llovizna fluye sobre la roca. Ella canta. Y el manar de su cabello tiene el ritmo voz. Ondulante, sinuoso. Lento precipitado. Denso o transparente. La brisa imita su canto. El viento que atraviesa las rocas horadadas por la lluvia y las hojas de seda de las cañas imitan su canto. Es una deidad bondadosa. Dulce. Benéfica. Ella canta.

5 Y el agua clara desciende participando de la naturaleza de la música. Vegetal, metálica, susurrante, suave en escalas. Se descompone en partículas y pulverizada crea un arco iris con la luz. Luego, mansa pacíficamente se canaliza en las acequias que riegan los pequeños maizales del pueblo. Pero en su carácter de Diosa tiene una debilidad. Es sumamente tímida. Se avergüenza si la miran. Los campesinos que por casualidad se encuentran con ella deben alejarse si quieren ser perdonados. Los que intentan contemplar su rostro y su cuerpo extraño y maravilloso, se extravían o mueren. Tal vez sus ojos ambiguos induzcan a la locura. Nadie lo sabe. Entonces las fuentes se agotan. Cesa la música del agua. La humedad que brotaba de los muros de piedras se seca. La caverna donde las gotas caían como notas queda en silencio. Las grutas apagan su rumor de río. Un ominoso silencio invade la comarca. Alguien ofendió a la Madre del Agua. Osó mirar su cuerpo prohibido, sus labios como orillas, sus dedos, sus licuescentes cabellos. Para que esta diosa resulte propicia no hay que cavar los manantiales, ni desviar las aguas de su curso, ni contaminar los ríos ni las fuentes. Quien no comparta el agua provocará la ira, de la noche a la mañana se fugaron las vertientes vas por la tierra. El desastre. La desgracia. Allí donde creció el maíz solo sen ven terrones reseco. El aire que perfumaban los azahares crepita, arde como fuego. Donde la Madre del Agua no es respetada, parece que comienza el reino de la muerte.

6 Poseidón y la inundación de Atenas E n la mitología griega, Poseidón, respetando con una gran barba y una figura majestuosa, es el dios del mar. Sus dominios extienden también a los océanos, ríos, lagos, arroyos, estanques y fuentes, y a todas las criaturas que viven en el agua. Residen en un magnífico palacio sumergido en las profundidades. P oseidón suele recorrer sus dominios montando en un carruaje tirado por veloces caballos. Lo acompañan extraños seres marinos, como sirenas, centauros de mar, hipocampos y delfines. T ritón, hijo de Poseidón, encabeza la marcha y anuncia la llegada de su padre con un instrumento musical de fuerte sonido. Al paso del dios del mar, las olas se abren tranquilas y las tempestades se calman. Sin embargo, Poseidón tiene un tridente mágico, cuando se enoja, golpea con él las profundidades del mar y desata terribles tormentas y maremotos. C uentan que cuando el pueblo de Atenas debía elegir a un dios como protector de la ciudad, Poseidón y Palas Atenea, diosas de la sabiduría, se presentaron para competir por el título. Ganaría quien le entregara a la ciudad el regalo más útil. Poseidón golpeó la tierra con su tridente y surgieron una fuente de agua salada y un hermoso caballo salvaje. Palas Atenea domó el caballo e hizo surgir un olivo-árbol pacífico y provechoso – como prueba de su amor a los laboriosos hombres y mujeres del corazón de Grecia. L a diosa ganó la competencia y fue elegida protectora de Atenas. Entonces Poseidón, furioso por el desaire, decidió castigar a la ciudad con terribles inundaciones que cubrieron toda el Ática.

7 Cómo empezó a haber ríos En otoño empieza la temporada de pesca en la región chaqueña. Entre los matacos, muchos se van a los ríos, a sacar pescados. Pero no siempre las cosas fueron así. Parece que antes se podía pescar todo lo que se quería en cualquier época del año. Y no había que andar buscando los ríos para conseguir pescados por que entonces no había ningún río. Resuelta que había un palo borracho que era muy grande, muy gordo, y muy alto. Era hueco y estaba lleno de agua. En esa agua estaban todos los peces, así que cuando uno quería pescar, agarraba su barco y sus flechas de pesca y se iba para el palo borracho. En ese entonces, las redes no se usaban todavía, se pescaba a puro flechazos nomás. Los hombres se iban hasta el árbol y subían por unas sogas que habían colgado desde arriba, Llaj dejaba que todos pescaran lo que necesitaban, pero se enojaba mucho si alguno mataba un pez y después no lo comía, lo tiraba o lo perdía y estaba siempre vigilando. A demás, entre los peces había un dorado gigante; a ese había que dejarlo tranquilo por que era tan grande y fuerte y que sí daba un coletazo era capaz de romper el árbol. Un día apareció Tokuaj que era famoso por sus macanas. Él no era un ser humano, tampoco era un animal. Pero podía aparecer bajo cualquier forma. Andaba siempre de viaje, de acá para allá, cuando llegó al palo borracho lleno de peces, todos pensaron ¡sonamos! ¡Éste va a hacer alguna macana!.

8 ¡hola, muchachos !dijo Tokuaj, muy sonriente. Vine a pescar. Se trepó al árbol con su arco y sus flechas y empezó a ver que podía conseguir. En esto apareció el lomo del dorado grande, ¡a Tokuaj les brillaron los ojos! se dió vuelta y vió que Llal lo miraba. Tokuaj le sonrío y pescó otro pez cualquiera. Y así siguió hasta que ya miró para otro lado y Tokuaj ¡zas! Le metió una flecha al dorado. El dorado dió un salto de dolor y le pegó un coletazo al árbol, que se partió. Llaj estaba enojadísimo y le dijo a Tokuaj : ¿has visto lo que has hecho? Ahora vas a tener que arreglar esto. Te vas a llevar el agua de acá. Toma este palo mágico. Empezó a caminar, que el agua te va a seguir. Cuando te canses, clava el palo en el suelo, que el agua va a esperar. Tokuaj agarró el palo, nadó un poco y llegó donde terminaba el agua, que formaba como una laguna grandísima. Empezó a caminar y vió que el agua le iba por atrás. Y no iba caminando derecho sino de acá para allá. Cuando llegó la noche clavó el palo en el piso y el agua paró. Durmió y a la mañana siguió viaje. A la otra noche hizo igual. Al tercer día siguió caminando pero cuando venía la noche y ya estaba muy cansado clavó el palo en el suelo pero el agua no paró. Como empezaba a ahogarse, Tokuaj usó sus poderes y así se salvó y descansó. Como en esos días había dado tantas vueltas, el agua que lo seguía fue formando los ríos que desde entonces corren sin parar. Los peces están ahora en esas aguas y una vez por año, en otoño, se acuerdan de donde vivían antes y empiezan a nadar contra la corriente, como queriendo volver. Entonces empieza la temporada de pesca para los matacos. Como la gente se había quedado muy disgustada con Tokuaj por el lió que había armado, él inventó la red de pescar y se la regaló, y así se amigaron un poco...

9 Leyenda del Agua Mala Érase una vez que el Dios Tláloc fue perturbado por unos niños. Entonces él se enojó y les lanzó una maldición: los convertiría en unos globos gelatinosos, a los cuales llamó Agua Mala. Después de su enojo, Tláloc hizo que cayera un diluvio, y cayó lluvia ácida y las Aguas Malas la absorbieron convirtiéndola en su propio veneno. Así, cada vez que alguien las agarra sienten que es Tláloc y dejan escapar el ácido para vengarse.

10 LA LEYENDA DE LA LAGUNA DE LEANDRO Cuentan que hace años, vivía en Queragua, distrito de Humahuaca, un runa llamado Leandro, bueno y trabajador. Tenía rancho de adobe, su mujer un rebaño de ovejas y una tropa de llamas. En uno de sus viajes a tres Morros conoció a un viejo arriero puneño, quien le contó que en los primeros tiempos de la conquista española habían llegado emisarios del Inca Atahualpa, pidiendo todo el oro y la plata que tuvieren, para pagar su rescate. Cumplida su misión, regresan ascendiendo trabajosamente por la Quebrada de Humahuaca, con sus llamas cargadas al máximo, cuando se enteraron de que el Inca había sido muerto por los españoles. No deseando que los tesoros recogidos cayeran en poder de los enemigos, arrojaron sus cargas en las proximidades de una solitaria laguna, situada a unos 3000 metros de altura, al noroeste del pueblo de Humahuaca. Leandro y su mujer no vivían tranquilos pensando en la forma de apoderarse del fabuloso tesoro, hundido en las serenas aguas de la laguna legendaria. Resolvieron que el único medio posible sería desagotarla, construyendo un zanjón de desagüe en la zona de más declive del terreno. Leandro puso manos a la obra. Los días y los meses pasaban cuando una tarde de febrero comenzó a bramar el viento, se encrespó la laguna, bramó el trueno y emergió súbitamente del agua la figura de un formidable cuadrúpedo con las astas de oro puro. Tan aterrorizado estaba Leandro que ni siquiera podía moverse. Desaparecido el espantoso animal en las profundidades de la laguna, el runa regresó a su casa. Juró que nunca volvería y que todo eso era un aviso de Apu –Yaya (viejo dios del cerro) por su afán de destruir la laguna. Sin embargo Leandro volvió a las andadas, y cuando se creía muy próximo al triunfo, apareció otra vez el terrorífico animal luciendo su cornamenta de oro. El animal, dirigiéndole una imagen centelleante, lo inmovilizó y lo fue atrayendo lentamente hacia el centro de la laguna, hasta que desaparecieron tragados por el agua. Leandro pagó así su temeridad y avaricia. Cuenta la gente del lugar, que en las noches tormentosas cuando arrecia el viento, se suele oír el golpear de las piedras que Leandro tira, para rellenar la tierra que en mala hora cavó en su insensatez e irreverencia.

11 Las Cataratas del Iguazú Hace muchos años, según creían los pueblos guaraníes, el mundo era gobernado por Boi, un dios con forma de serpiente. Los indígenas sacrificaban a una bella doncella para Boi, arrojándola al río. Para esta ceremonia se invitaba a todas las tribus guaraníes, incluso a las que vivían más alejadas. Un año llegó al frente de su tribu, un joven cacique cuyo nombre era Tarobá. Este jefe indio, al conocer a Naipí, una bella doncella que ese año inmolarían, se reveló contra los ancianos de la tribu y, en vano, intentó convencerlos de que no la sacrificaran. Para salvarla solo pensó en raptarla. La noche anterior al sacrificio cargó a Naipí en su canoa e intentó escapar por el río. Al saber de la fuga de Naipí y Tarobá, Boi quedó furioso. Penetró en las entrañas de la tierra, retorció su propio cuerpo y produjo una enorme grieta que formó una catarata gigantesca. Cubiertos por las aguas de la catarata, la embarcación y los fugitivos cayeron de una gran altura y desaparecieron para siempre. ¡Cuánta crueldad! Naipí fue transformada en una de las rocas centrales de las cataratas, perpetuamente castigada por las aguas revueltas, y Tarobá fue convertido en una palmera situada a la orilla de un abismo, inclinada sobre la garganta del río, que mira a la roca que fue convertida su amada. Debajo de esa palmera, en la Garganta del Diablo, se encuentra la entrada de una gruta donde el monstruo vengativo vigila eternamente las dos víctimas para que nunca vuelvan a unirse … pero, sin embargo, en días de pleno sol, el arco iris supera el poder de Boi y los une… Leyenda guaraní

12 EL GAROÉ, el árbol que manaba agua (leyenda ) No hay mas agua en la isla que la que destila El Garoé. Así habló el bravo Erese en la asamblea. Tenesedra, su mujer, continuó relatando el plan. -Si lográramos ocultarlo recubriendo sus ramas,la sed obligaría a los extranjeros a marcharse. Los extranjeros, al mando de Juan de Béthencourt, habían arribado a la playa de Tecorone una mañana de estío, desplegadas las velas de sus embarcaciones semejando casas blancas en el mar. Cuando Armiche rey de la isla de hierro, vio balancearse sobre las aguas en los navíos, recordó el oráculo de Yoñe el agorero. - Solo bienes y beneficios traerán los extranjeros, emisarios de Eraoranhan el dios. Eso había vaticinado. Al desembarcar, Juan de Béthencourt envió un mensaje a Armiche para que le trasmitiera palabras de protección y amistad. Aquel mensajero era Augeron, el hermano del monarca herreño, que cayó años atrás en manos de aragoneses, fue luego a poder del rey de Castilla y de él pasó a servir a Béthencourt. Apenas se dio a conocer a Augeron a su hermano y le declaró su comisión. Armiche,acompañado de ciento once isleños, vino a rendirse y dar muestras vasallaje al conquistador francés. Mas Erese y Tenesedra, su mujer, y el valiente Guasaguar, y el osado Tincos, y un grupo de fieles amigos no aceptan la sumisión y quieren seguir siendo dueños de su destino. Por eso se han reunido. Por eso cavilan la manera de combatir y rechazar a los invasores. -Tenemos que ocultar el Árbol Santo. No hay mas agua en la isla que la que destila el Garoé. -Apresuremos pues a cubrir el Árbol Santo

13 Concluyó así la reunión y se aprestaron a llegar al cavo lo acordado. También Agarfa, la de esbelto cuerpo y labios de corinto, colaboró en la faena. El osado Tincos, distinguido en las luchas contra los piratas que arribaban al Hierro para capturar isleños y venderlos como esclavos, amaba a Agarfa.Más ella no le correspondía.Cuando se dejaba vencer por la pesadumbre, desganado, Tincos pasaba largos ratos sin comer. Y exclamaba suspirando a quienes para evitarle daño intentaban que probase alimento : Mimerahaná, ziná zinuhá, ahemen aten haran hua zu Agarfú finere nuzá (¿Qué traes ?¿Que llevas ahí? Pero ¿qué importa la leche, el agua y el pan si Agarfa no quiere mirarme?). Pero ahora Tincos no cede a la melancolía porque siente próximos los labios de corinto y el esbelto cuero de Agarfa. La ve moverse entre los otros, hermosa, volcada en la tarea. Se ocupan de transportar y distribuir gánigos llenos del agua del Árbol Santo de la que harán provisión en sus moradas. En la cañada de Tigulahe, El Garoé ya ha quedado oculto a las miradas. -Si alguien descubre el secreto pagará con la muerte. Fue el bravo Erese quien habló. -Con la muerte. Repitió Tenesedra. Los hombres indagaban el cielo con la esperanza de ver llegar la lluvia. Sólo el sol respondía. La sed comenzó a pesar en los ánimos. Habían agotado las reservas de agua. Buscaron en todos los rincones algún signo que les revelara dónde o qué bebían los isleños. Mas recelaron que algún misterio había en aquel vivir sin beber y extremaron sus interrogatorios y fueron más meticulosas las expediciones en pos de encontrar algún manantial de agua viva, sin embargo, nada hallaron.

14 Era hermosísima la diosa india del agua, que habitaba en su palacio de cristal del Mar de Ansenuza (nombre indígena de la Mar Chiquita). Pero era una deidad cruel y egoísta, pues la única ofrenda que la volvía propicia era el primer amor de los mancebos. Se cuenta que un día vio llegar a la costa del lago, que era entonces de agua dulce, a un príncipe indio malherido en la guerra. Tristemente le sonrió a la diosa, lamentando no poder sobrevivir para admirar su hermosura. Ella quedó suspensa, como sacudida por un rayo cósmico; por vez primera el embeleso del amor conmovió su alma. Pero pronto sucumbió a la desesperación del comprender el destino de su amado. El cristalino espejo del agua se convulsiono. Un trueno, como un largo lamento estremeció el cielo y las nubes lloraron con su diosa. El mar se convirtió en un furioso caos durante un día y una noche. Al amanecer, el joven se encontró en la playa. Sus heridas habían cicatrizado y al abrir los ojos, vio la increíble transformación que se había obrado en la Naturaleza. La playa era blanca y las aguas se habían vuelto turbias y saladas. Atónito el joven, como un niebla rasgada por un tenue rayo de sol, recordó a la hermosa mujer que le acariciaba cuando se le iban cerrando los ojos. Ahora se sentía sano y sus nervios tensos estaban sedientos de algo. Comenzó a avanzar por el agua, alejándose cada vez mas de la costa, como si un imperativo lo impulsara. Cuando el agua cubrió su cintura comenzó a nadar. A nadar? No, no nadaba, flotaba simplemente. Era como si unos brazos femeninos, con dulzura, penetrándole por la piel bronceada, le acariciaban el alma. Y siguió nadando, hasta que un tenue rayo rosado del amanecer lo fue transformando en el grácil flamenco, guardián eterno del amor de la diosa del mar. Desde entonces las aguas del Mar de Ansenuza son curativas, amorosamente curativas.

15 Hicimos este proyecto… Escuela Nº 4 – Enrique Banchs – Inst. Félix F. Bernasconi Alumnos de 5º A – Turno mañana Alumnos: Sixto Abarca, Carlos Allendes, Adriel Ávila Wingeyer, Facundo Donato, Esteban Fernández, José M. García, Nicolás López, Alejandro Márquez, Santiago Martínez, Kevin Medina, Agustín Muñoz Buirrarena, Brian Pereyra Yupanqui, Facundo Rodríguez Romero, Facundo Zotar, Luciana Bracchi, Chiara Buscafusco, Camila Ferrara, Melisa Ji, Tamara Larrea Liatis, Lis Leiva, Bárbara Levy, Natalia Rosales, Maria Eugenia Tapia, Alana Vera Docente: Sra. Maria del Pilar Bentancour Área Informática: Sra. Stella Maris Gamarra Septiembre de 2006


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