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Los pequeños son criaturitas inocentes e inquietas. Siempre están dispuestos a descubrir la magia del mundo real y más del mundo fantástico que se esconde.

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Presentación del tema: "Los pequeños son criaturitas inocentes e inquietas. Siempre están dispuestos a descubrir la magia del mundo real y más del mundo fantástico que se esconde."— Transcripción de la presentación:

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2 Los pequeños son criaturitas inocentes e inquietas. Siempre están dispuestos a descubrir la magia del mundo real y más del mundo fantástico que se esconde detrás de las letras de los cuentos infantiles. A estas fabulosas historias, los chiquitos tienen acceso a través de las relatos narrados por los padres y maestros.

3 Había una vez una aprendiz de hada madrina que era mágica y maravillosa, y la más lista y amable de las hadas, pero también era un hada muy fea, y por mucho que se esforzaba en mostrar sus muchas cualidades, parecía que todos estaban empeñados en que lo más importante de una hada tenía que ser su belleza. En la escuela de hadas no le hacían caso, y cada vez que volaba a una misión para ayudar a un niño o cualquier otra persona en apuros, antes de poder abrir la boca, ya le estaban gritando: - ¡Fea!, ¡Bicho!, ¡Lárgate de aquí!

4 Aunque pequeña, su magia era muy poderosa, y más de una vez había pensado hacer un encantamiento para volverse bella; pero luego pensaba en lo que le contaba su mamá de pequeña: Tú eres como eres, con cada uno de tus granos y tus arrugas; y seguro que es así por alguna razón especial... Pero un día, las brujas del país vecino arrasaron el país, haciendo prisioneras a todas las hadas y magos. Nuestra hada, poco antes de ser atacada, hechizó sus propios vestidos, y ayudada por su fea cara, se hizo pasar por bruja. Así, pudo seguirlas hasta su guarida, y una vez allí, con su magia preparó una gran fiesta para todas, adornando la cueva con murciélagos, sapos y arañas, y música de lobos aullando. Durante la fiesta, corrió a liberar a todas las hadas y magos, que con un gran hechizo consiguieron encerrar a todas las brujas en la montaña durante los siguientes 100 años. Y durante esos 100 años, y muchos más, todos recordaron la valentía y la inteligencia del hada fea. Nunca más se volvió a considerar en aquel país la fealdad una desgracia, y cada vez que nacía alguien feo, todos se llenaban de alegría sabiendo que tendría grandes cosas por hacer.

5 Hubo una vez en un lugar, una época de muchísima sequía y hambre para los animales. Un conejito muy pobre caminaba triste por el campo cuando se le apareció un mago que le entregó un saco con varias ramitas. "Son mágicas, y serán aún más mágicas si sabes usarlas", le dijo el mago. El conejito se moría de hambre, pero decidió no morder las ramitas pensando en darles buen uso. Al volver a casa, encontró una ovejita muy viejita y pobre que casi no podía caminar. "Dame algo, por favor", le dijo.

6 El conejito no tenía nada salvo las ramitas, pero como eran mágicas se resistía a dárselas. Sin embargó, recordó cómo sus padres le enseñaron desde pequeño a compartirlo todo, así que sacó una ramita del saco y se la dio a la oveja. Al instante, la rama brilló con mil colores, mostrando su magia. El conejito siguió contrariado y contento a la vez, pensando que había dejado escapar una ramita mágica, pero que la ovejita la necesitaba más que él. Lo mismo le ocurrió con un pato ciego y un gallo cojo, de forma que al llegar a su casa sólo le quedaba una de las ramitas. Al llegar a casa, contó la historia y su encuentro con el mago a sus papás, que se mostraron muy orgullosos por su comportamiento. Y cuando iba a sacar la ramita, llegó su hermanito pequeño, llorando por el hambre, y también se la dió a él. En ese momento apareció el mago con gran estruendo, y preguntó al conejito ¿Dónde están las ramitas mágicas que te entregué? ¿Qué es lo que has hecho con ellas? El conejito se asustó y comenzó a excusarse, pero el mago le cortó diciendo ¿No te dije que si las usabas bien serían más mágicas? ¡Pues sal fuera y mira lo que has hecho! Y el conejito salió temblando de su casa para descubrir que a partir de sus ramitas, todos los campos de alrededor se habían convertido en una maravillosa granja, llena de agua y comida para todos los animales. El conejito se sintió muy contento por haber obrado bien, y porque la magia de su generosidad hubiera devuelto la alegría a todos.

7 Era un día de crudo invierno. En el campo nevaba copiosamente, y dentro de una casa de labor, en su establo, había un Burrito que miraba a través del cristal de la ventana. Junto a él, tenía un pesebre cubierto de paja seca. - ¡Paja seca! - se decía el Burrito, despreciándola. ¡Vaya cosa que me pone mi amo! ¡Ay, cuándo se acabará el invierno y llegará la primavera, para poder comer hierba fresca y jugosa de la que crece por todas partes, en el prado y junto al camino!, se preguntaba el Burrito. Así suspirando, fue llegando la primavera, y con la ansiada estación creció hermosa hierba verde en gran abundancia. El Burrito se puso muy contento, sin embargo, le duró muy poco tiempo esta alegría. El campesino segó la hierba y luego la cargó en los lomos del Burrito y la llevó a casa. Y luego volvió y la cargó nuevamente. Y otra vez. Y otra. De manera que al Burrito ya no le agradaba la primavera, a pesar de lo alegre que era y de su hierba verde.

8 ¡Ay, cuándo llegará el verano, para no tener que cargar tanta hierba del prado! Vino el verano; mas no por hacer mucho calor mejoró la suerte del animal, porque su amo le sacaba al campo y le cargaba con meses y con todos los productos cosechados en sus huertos. El Burrito descontento sudaba la gota gorda, porque tenía que trabajar bajo los ardores del Sol. - ¡Ay, qué ganas tengo de que llegue el otoño! Así dejaré de cargar haces de paja, y tampoco tendré que llevar sacos de trigo al molino para que hagan harina. Así se lamentaba el Burrito descontento, y ésta era la única esperanza que le quedaba, porque ni en primavera ni en verano había mejorado su situación. Pasó el tiempo... Llegó el otoño. Pero, ¿qué ocurrió? El criado sacaba del establo al Burrito cada día y le ponía la albarda. - ¡Arre, arre! En la huerta nos están esperando muchos cestos de fruta para llevar a la bodega. El Burrito iba y venía de casa a la huerta y de la huerta a la casa, y en tanto que caminaba en silencio, reflexionaba que no había mejorado su condición con el cambio de estaciones. El Burrito se veía cargado con manzanas, con patatas, con mil suministros para la casa. Aquella tarde le habían cargado con un gran acopio de leña, y el animal, caminando hacia la casa, iba razonando a su manera: - Si nada me gustó la primavera, menos aún me agradó el verano, y el otoño tampoco me parece cosa buena, ¡Oh, que ganas tengo de que llegue el invierno! Ya sé que entonces no tendré la jugosa hierba que con tanto afán deseaba. Pero, al menos, podré descansar cuanto me apetezca. ¡Bienvenido sea el invierno! Tendré en el pesebre solamente paja seca, pero la comeré con el mayor contento. Y cuando por fin, llegó el invierno, el Burrito fue muy feliz. Descansaba en su cómodo establo, y, acordándose de las anteriores penalidades, comía con buena gana la paja que le ponían en el pesebre. Ya no tenía las ambiciones que entristecieron su vida anterior. Ahora contemplaba desde su caliente establo el caer de los copos de nieve, y al Burrito descontento (que ya no lo era) se le ocurrió este pensamiento: que todos nosotros debemos recordar siempre, y así iremos caminando satisfechos por los senderos de la vida.

9 Erase una vez una princesa que, jugando en el jardín, dejó caer al pozo su pelota de oro. De repente, salió del agua una horrible rana que dijo: -No llores, princesa. Si prometes sentarme en tu mesa, darme de comer en tu plato de oro y acostarme en tu cama, te devolveré tu bonito juguete. La princesa lo prometió y al instante la rana salió del pozo con la pelota de oro en la boca. La princesa le arranco la pelota y se puso a correr hacia su casa, olvidando su promesa. Aquella misma noche el rey celebraba una fiesta en honor de unos invitados. Cuando el banquete parecía más alegre, se oyeron unos golpes y una extraña voz croó: -Princesa, has dado tu palabra y ahora debes complacer los deseos de tu rana.

10 La princesa aterrorizada, pidió ayuda a su padre, pero el rey dijo gravemente: -La palabra real debe ser mantenida. ¡Si has hecho una promesa, respétala! Y la pobrecilla no tuvo mas remedio que sentar a la rana en sus rodillas y comer con ella del plato de oro delante de todos. Le daba tanto asco que perdió el apetito. Cuando la rana hubo comido hasta saciarse, croó: -¡Tengo sueño, Llévame a tu cama!. La princesa huyó a su habitación deseando dar a la rana con la puerta en las narices. Pero esta se coló entre las sabanas. La princesa, a punto de desmayarse, cogió a la horrible criatura con la punta de los dedos y la arrojó al suelo. Y entonces, maravilla, un hermoso príncipe apareció repentinamente. -Estaba bajo el encantamiento de una hada malvada -dijo-. Solo podía liberarme la joven que cumpliera mis deseos. Te agradezco de todo corazón que hayas roto el encantamiento. En el cielo, las estrellas ya habían perdido su brillo cuando la princesa escuchó el final de la historia del Príncipe Rana. Estaba amaneciendo, cuando se oyó llegar una carroza. -¡Aquí esta Enrico, mi fiel sirviente! -gritó el príncipe-. Nos conducirá a mi palacio y allí nos casaremos. La princesa y su padre consintieron, pero apenas la carroza hubo partido, se oyó un crujido. - ¡Enrico, se ha roto una rueda! -gritó el príncipe. Pero el fiel sirviente respondió: Crujido de alegría fue, mi señor. Cuando por magia fuiste embrujado, lazos de oro mi corazón ataron. Ahora que estas aquí, se ha quebrado. Y antes de que llegase la carroza a palacio, todos los lazos que ceñían el corazón del fiel Enrico se soltaron por la felicidad del regreso de su señor.

11 Tres hermanitas caminaban juntas hacia el colegio y para divertirse decidieron nombrar una por una todo lo que por el camino iban viendo. - El sol! dijo una - Las nubes! dijo la otra. - El cielo! dijo la tercera. - Los pájaros! dijeron juntas. Entonces, una de las hermanitas dijo: - Este juego es muy fácil y me estoy comenzando a aburrir. - Qué les parece si cada una nombra tres objetos que estén relacionados entre si. - Por ejemplo: pájaro, nido, árbol. - De acuerdo, contestaron las otras dos hermanitas al unísono. - Quién va a ser la primera? - La que llegue primero a aquel árbol.

12 Muy bien, contaré hasta tres para indicar la partida. Dijo la hermanita que había inventado el juego. - Un, dos, tres, partida. Las tres hermanitas corrieron, pero llegaron al árbol al mismo tiempo. -Y ahora qué hacemos para decidir cual será la primera? - La que lance una piedrecita más lejos, será la primera. Las tres hermanitas buscaron tres piedrecitas del mismo tamaño, y contaron juntas: - Un, dos, tres, partida… Y lanzaron las tres piedrecitas lo más lejos que pudieron, pero las piedrecitas chocaron en el aire y se partieron en pequeños pedazos. Una vez más, no pudieron decidir quién sería la primera en nombrar los tres objetos. Siguieron caminando hacia la escuela y vieron el gran reloj situado en el tope de la iglesia. Son casi las 3:00 de la tarde. Ya va a empezar la clase. - Corramos! Contestó una de las hermanitas. Las tres hermanas corrieron pues no era la primera vez que llegaban tarde a la escuela por detenerse a jugar y divertirse en el camino. - Un, dos, tres, la última llevará los libros de las otras dos de regreso a casa esta tarde. Dijo la hermanita que más inventaba juegos de las tres. Las tres aumentaron la velocidad y corrían riéndose por las callecitas empedradas. En eso sonaron las tres campanadas del reloj de la iglesia. - Corran más fuerte hermanitas, que nos meteremos en un problema si no llegamos a tiempo. Y una vez más, desde la ventana del salón de clases, la maestra vió entrar a las tres unidas hermanitas a través de la gran puerta de madera. - Una, dos, tres, contó la maestra. Las hermanitas González, siempre llegan corriendo y jugando. Pero una vez más llegaron juntas a la puerta del salón, y como siempre, cada una llevó sus útiles escolares de regreso a casa.

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