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Hilda, una niña rica, siempre se burlaba y ofendía a una pequeña y modesta vendedora de dulces, cada vez que le tocaba la puerta para ofrecerle dicha.

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3 Hilda, una niña rica, siempre se burlaba y ofendía a una pequeña y modesta vendedora de dulces, cada vez que le tocaba la puerta para ofrecerle dicha golosina. - ¡Qué vergüenza! ¡Con esa bandeja de esquina a esquina! ¡Vete de aquí! - gritaba sin razón.

4 La humilde niña se ponía pálida y trémula. Mientras tanto, la dueña de la casa, tratando de educar a su hija, venía al encuentro de la pequeña humillada y le decía, bondadosa: - ¡Qué dulces tan perfectos! ¿Quién los hizo así tan lindos? La niña, reanimada, respondía contenta: - Fue mi mamá.

5 La generosa señora compraba siempre algunos dulces y enseguida recomendaba a la hija: - Hilda, no juegues con el destino. Nunca expulses al necesitado que se nos acerca. ¿Quién sabe lo que sucederá mañana? Aquellos que socorremos será probablemente nuestros benefactores.

6 La niña rezongaba y, a la noche, en la comida, el padre secundaba los consejos maternos, añadiendo: - ¡No escarnezcas a nadie, hija mía! El trabajo, por más humilde que sea, es siempre respetable y edificante. Seguramente, dolorosas necesidades obligan a una niña vender dulces de puerta en puerta.

7 Hilda, con todo, al día siguiente fustigaba a la vendedora, exclamando: - ¡Fuera de aquí! ¡Bruja! ¡Bruja...! La madre, con devoción, acogía a la pequeña vendedora y repetía a la hija las advertencias cariñosas de la víspera.

8 Corrió el tiempo, y después de cuatro años, el cuadro de la vida cambió. El padre de Hilda se enfermó y en vano los médicos procuraron salvarlo. Murió en una tarde de calma, dejando el hogar vacío. La viuda se recogió al lecho extremadamente abatida y, con los enormes gastos, en poco tiempo la pobreza y el desaliento invadieron la residencia. La pobre señora casi no podía moverse.

9 Las privaciones llegaron en cantidad. La niña, anteriormente rica, no podía, ahora, comprar ni un par de zapatos. Afligida por resolver la angustiosa situación, cierta noche Hilda lloró muchísimo, acordándose de su padre. Se durmió lagrimosa, y soñó que él venía del Cielo a confortarla. Lo oyó decir, perfectamente: - ¡No te desanimes, hija mía! ¡Ve a trabajar! ¡Vende dulces para auxiliar a tu mamá...

10 Despertó al día siguiente, con el propósito firme de seguir el consejo. Ayudó a la madrecita enferma a hacer muchos dulces de leche y, más tarde, salió a venderlos. Algunas personas generosas se los compraron con evidente intención de auxiliarla; entretanto, otras criaturas, principalmente niños perversos, le gritaban a los oídos: - Sal de aquí! ¡Bruja de bandeja...!

11 Se sentía triste y desalentada, cuando tocó a la puerta de una casa modesta. Una graciosa joven la atendió. ¡Ah, qué sorpresa...! Era la niña pobre que acostumbraba vender cocadas en otro tiempo. Estaba crecidita, bien vestida y bonita.

12 Hilda esperó que ella la maltratara por venganza, pero la joven humilde fijó en ella sus grandes ojos, la reconoció, comprendió su nueva situación y exclamó contenta: - ¡Qué dulces tan perfectos! ¿Quién los hizo así tan lindos? La interpelada recordó las enseñanzas maternas de años pasados e informó: - Fue mi mamá.

13 La ex vendedora compró todos los dulces que quedaban en la bandeja y la abrazó con sincera amistad. Desde ese día en adelante, la niña vanidosa cambió para siempre. La experiencia le dio una inolvidable lección.

14 Moraleja: Hay que tratar a los demás, como nos gustaría que nos traten a nosotros. Nunca se debe hacer escarnio de la desgracia ajena. Hoy puedes ser un encumbrado personaje, pero mañana podrías estar en la más triste miseria. No olvidemos nunca, que siempre se cosecha lo que se ha sembrado.

15 Adaptación de:


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