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Cuento El colibrí. Colibrí no soportaba la Escuela. Suplicio, verdadero suplico al que se sometí diariamente por esa inveterada costumbre de asistir sin.

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1 Cuento El colibrí

2 Colibrí no soportaba la Escuela. Suplicio, verdadero suplico al que se sometí diariamente por esa inveterada costumbre de asistir sin falta alguna al aula, escuchar pacientemente las lecciones, resolver las dificultades con los números, y para colmo, volver a casa con un manojo de tareas por hacer y presentar el día siguiente. Su alma requería de otras realidades, de otras vivencias. Vivía en un perenne mundo de fantasía, de juegos, de sueños. Por eso le llamaban Colibrí.

3 Colibrí volador, libre, suelto. Fue creciendo, y sus ansias de imaginarse mundos diferentes le fue llenada cada vez más el alma, acentuando entonces su rechazo al estudio dirigido. Asía que ya lindando en la frontera entre niñez y juventud, su corazón casi explotaba con todas los impulsos que llevaba guardando, refrenados, debido a las responsabilidades a que la Escuela le obligaba cada vez más.

4 El estudio era ahora más serio. El maestro era un viejo italiano al que llamaban Don Fibonacci. Era un enamorado de la ciencia. Tenía una larga nariz muy colorada; el cabello apenas le formaba una fina herradura horizontal un poco destejida hacia la nuca más bien pequeño y un tanto graso, Don Fibonacci todo lo reducía la ciencia.

5 Pero a colibrí muy poco le interesaban el sueño de Kekulé y sus átomos saltarines, a las octavas de Newland, o las triadas de Doebereiner. Leer el Nonius o vernier le provocaba un inmenso estado de abatimiento, así como aquello de si los meniscos en los capilares mojan o no mojan dependiendo de si son convexos o cóncavos. Cuando Don Fibonacci llegaba preguntando por el significado de las rayas de Fraunhofer, o por los cuidados que había de tener con las flemas y las vinazas de los destilados, y después con las cabezas y las colas, Colibrí le escamoteaba el tiempo y se tumbaba a soñar perdiéndose en sus pensamientos hasta que se quedaba turulato. De repente, entonces, Don Fibonacci le soltaba un buen guascazo, con lo que reaccionaba de inmediato y volvía al suplicio.

6 ¿Qué podía importarle a Colibrí que el Emperador Yu, 2200 años antes de Cristo, encontrara el cuadrado mágico en el río amarillo, sobre la cobertura de una tortuga? E igualmente, ¿qué podría importarle que el fraile minimite Mersenne haya sido un gran amigo de Cartesius y que haya empleado su vida en editar los trabajos de Eclides, de Aplonio y de Arquímedes? O que don Juan Napier, que era por lo demás, un aristócrata, haya inventado los logaritmos, con lo mucho que le incomodaba aquello de que el cologaritmo de la recíproca del número, aunque Don Fibonacci dijera que ello era tan sencillo y fácil de comprender como que la asíntota era una tangente a una curva tirada desde el infinito. O que para 1972, a los rusos se les había muerto cuatro astronautas en sus viajes tripulados al espacio, y en cambio a los norteamericanos sólo tres.

7 Colibrí lo que quería era soñar. La muletilla científica de Don Fibonacci lo único que le provocaba era hacerlo sufrir, retardarle más el gozo de volar entre los cielos, persiguiendo a los pájaros, aleteando con fruición desesperada, inclinado su alas para describir piruetas increíbles en aquel vacío inmenso. Le gustaba quedarse en zalagarda a la orilla de un oscuro lago, esperando que aparecieran gnomos increíbles, ninfas fantásticas, céfiros, sílfides, duendecillos y trasgos… los veía urdiendo sus misterios y sus magias, en medio del pantano, libando mieses y debiendo polen. Para él, esos seres extraños y juguetones estaban hechos de una quinta esencia y por lo tanto eran puros. Apuraba sus ansias en los atardeceres,

8 esperando que una bandada de aquello cerecillos apareciera, para observarlos y ser como ellos. Cuando no lo hacían, cansado un tanto de esperar, les tiraba guijarros al agua para así animarlos a que se dejaran ver. >, Pensaba para sí>> ¡Colibrí amiguillo..!!!>> - me dirán. Cuando anochecía, algún temor le llenaba de que fuera a aparecerle, en vez de ninfas y céfiros, horrendos yacarés, hambrientos yaguaretés, vulpejas y otros bichos peligrosos. Entonces prefería deshacer el camino a casa a soñar de verdad mientras amanecía un nuevo día.

9 A veces, en el sueño verdadero se le aprecia Don Fibonacci Preguntándole si en la ecuación de la bruja de Agnesi, el lugar geométrico de P podía ser expresado en función de sus coordenadas X e Y; o inquiriéndole a responder si a toda epódosis debía anteceder necesariamente una prótasis. Calibrí lloraba en silencio, en su lecho mullido y tibio, reclamando que los gnomos y los tragos y las sílfides y habían superado esas etapas porque estaban hechos de la quinta esencia y por lo tanto todo lo sabían. Pero Don Fibonacci insistía aún en los sueños verdaderos de Colibrí: Se despertaba cuando le repetía que para poder comprender el concepto de los números, había primero que aceptar que entre los puntos de una recta y los números reales, a cada punto corresponde necesariamente un número y cada número un punto. Don Fibonacci se le aparecía, con su herradura por cabello y su nariz colorada, afirmándole con talante de sabio que el que los conjuntos disjuntos no tengan miembros en común es una verdad axiomática.

10 ¡Dolor inmenso!!! Si colibrí lo que quería era ver las bandadas de pericos revoloteando en los atardeceres con su parloteo interminable, formando una alegre nube desplazándose por los cielos haciendo cabriolas y perdiéndose al final en desbandada. Su gran pregunta era porqué no los veía retornar por las montañas, a pesar de haber destinado largas horas de observación en tal sentido. ¿Dónde darán la vuelta? – se preguntaba colibrí.

11 Pero todos los días lo esperaba la Escuela, con sus pupitres de madera, y su gran pizarrón repleto de polvillo de tiza, y la esfera del mundo a un lado del salón, y el cuerpo humano aquel de tamaño natural, siempre a distracción, mostrando huesos, venas, arterias, músculos, nervios, y un enorme corazón, y la columna vertebral. Y sobre todo, Don Fibonacci, con su cuerpo rechoncho, y su nariz colorada, y su cabello de herradura, con la vara en la mano, con la expresión bonachona de maestro, perdido en los recónditos caminos de la ciencia, presto a explicar el teorema de Pitágoras y a calcular mediante su aplicación, la altura de enrome conacaste en el centro de plaza, altura que colibrí había calculado en la práctica, subiendo tantas veces a su copa para ver si alguna seria y enojada lechuza había hecho su ido dentro del tronco voluminoso y misterioso.

12 ¿Qué habrá sido de Colibrí? Seguramente ahora será un hombre, y estará cotidianamente preparando por las mañanas a sus pequeños hijos para que acudan ala Escuela a sorber el saber de los Don Finbonacci, mientras estos desesperan por ir al campo a arriar los cabritillos, o a chupar las mieles de los papaturros, o a lanzar piedrecillas y guijarros donde las aguas del lago aquel en el que ´l pasó tantas tardes esperando a que aparecieran gnomos, ninfas, sílfides, trasgos, duendecillos y céfiros, seres aquellos hechos de la quinta esencia que el bueno y abnegado de Don Fibonacci no conocía.

13 Y es que no hay cultura sin vida, ni espiritualidad sin vitalidad…

14 ¡Como necesitamos ahora que aparezca colibríes para que alumbren a los Fibonaccies!

15 Reflexión Colibrí ¿ Qué relación tiene el cuento colibrí con la escuela actual?

16 Reflexión Colibrí

17 ¿ Cómo se define la escuela?

18 ¿Cuál es el rol que desempeña el docente?

19 ¿Qué rol desempeña el alumno?

20 ¿Cómo se es pertinente con calidad?


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