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Se llamará Dios-con-nosotros Emmanuel (Reflexiones de C. Carretto)

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Presentación del tema: "Se llamará Dios-con-nosotros Emmanuel (Reflexiones de C. Carretto)"— Transcripción de la presentación:

1 Se llamará Dios-con-nosotros Emmanuel (Reflexiones de C. Carretto)

2 El profeta Isaías promete un signo de salvación: el nacimiento milagroso del Emmanuel, hijo de una virgen. La profecía viene atribuida al nacimiento de Jesús: Él es verdaderamente el Emmanuel, es decir Dios con nosotros. Haciéndose hombre, Él ha venido a habitar en medio de nosotros y permanece con nosotros también hoy, en la Iglesia y en la Eucaristía. El Verbo se hizo carne

3 «Pide un signo al Señor tu Dios, en lo profundo del infierno o en lo más alto. Dijo Ajaz : "No la pediré, no tentaré al Señor. Dijo Isaías: "Oíd pues, casa de David: ¿Os parece poco cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel: Dios con nosotros"» (Is. 7,10-14)

4 Te preguntarás de qué modo la divinidad se ha encarnado: como el fuego en el hierro, no transfiriéndose, sino comunicándose. El fuego de hecho, no se abalanza hacia el hierro, mas se comunica. No sufre disminución, pero llena totalmente el hierro al cual se comunica. Del mismo modo Dios, el Verbo que habita entre nosotros, no ha salido de Sí mismo. El Verbo que se ha hecho carne no sufrió mutación. El Cielo no fue privado de Aquél que tenía y la tierra acogió en su seno a Aquél que está en los cielos. Dejaos penetrar por este misterio: Dios ha venido en la carne para matar a la muerte que se nos esconde.

5 La muerte fue absorbida en la victoria, no habiendo podido resistir a la presencia de la verdadera Vida. Nosotros también manifestamos nuestra alegría, festejamos la salvación del mundo, el día del nacimiento de la humanidad. Hoy se levanta la condena de Adán. No se dirá más: "Polvo eres y al polvo volverás", sino: "Unido a Aquél que está en los cielos, serás elevado al cielo". (S. Basilio M.)

6 El Verbo se hizo carne Verbo que eres Dios desde el principio, de la eternidad, te has hecho hombre, has tomado nuestra carne para nacer. Tú que estabas tan alto, has venido acá abajo abajo para habitar con nosotros, para vivir nuestra vida, para conocer nuestras alegrías, nuestras penas. Inmutable en el ser, has querido entrar en nuestro acontecer, en todos los cambios, sacudidas, sobresaltos, de la existencia humana. Tú que eres tan grande, te has hecho pequeño para podernos hablar, para podernos sonreír, para acompañarnos, curarnos, salvarnos. Perfectamente feliz, has venido a sufrir los dolores de la tierra, a asumirlos, a ofrecerlos, para comunicarnos la alegría eterna. ¡Marana thà!, ¡ven Señor Jesús !

7 Una misión altísima. El plan de salvación de Dios se encuentra con la voluntad y la colaboración humana de dos criaturas: María y José. Dos criaturas maravillosas, completamente disponibles al querer del Señor. La figura de José nos parece alta y dramática, esculpida en fe y humildad. Él no puede aún entender el misterio de Dios, mas cuando tiene la certeza de la divina voluntad, cree y obedece.

8 La obediencia de José. Ante el misterio divino, José ha sabido mantener la actitud justa. Él no se deja prender por sentimientos humanos. No es capaz de comprender lo que ve en María y no quiere penetrar a la fuerza en el misterio; se retira más bien en un aparte, con tímida y respetuosa veneración, abandonándose al querer de Dios y dejándole a Él toda la iniciativa.

9 Él no quiere nada para sí, porque entiende estar simplemente a disposición de Dios. Toma, por tanto, consigo a María, su esposa, para cumplir la voluntad de Dios, para que Ella pueda dar a luz a su Hijo. Pero será él, José, con toda obediencia, quien le dará el nombre. Aquél nombre en torno al cual gira el universo y por voluntad del cual toda cosa ha sido creada: Jesús, el Mesías, el Salvador. (R. Gutzwilier) José, por tanto, obedece a la Palabra, la pone en práctica, declarándose colaborador con las obras, instrumento dócil en las manos del Altísimo.

10 Gracias, amigo José, padre amado de Jesús, Porque has creído al Dios del imposible, porque has aceptado tirar al aire la vida por Dios, porque has creído, en serio, que el Dios de la promesa pudiese servirse de tu amada María para entrar en la historia. Haznos capaces de soñar, de dejar que Dios nos cambie la vida, si sirve para salvar a la humanidad, y continúa Tú a velar sobre la Iglesia.

11 La fe es un don de Dios, que necesita, para realizarse, de nuestro Sí. Maestros de la fe Dios nos da la barca y los remos, Y luego nos dice: «Te toca a ti remar».

12 Hacer «hechos positivos de fe» es como entrenar esta facultad; Y el entrenamiento desarrolla la facultad como la gimnasia el músculo. David desarrolló su fe aceptando batirse con Goliat. Abraham se hizo un gigante en la fe aceptando hasta el extremo límite la oscuridad de una obediencia que le pedía el sacrificio del hijo. La carta a los hebreos dirá: «Por la fe fueron alabados nuestros padres. y continua más adelante diciendo que por la fe, muchos fueron torturados, no aceptando la liberación que les ofrecían. Otros hubieron de sufrir burlas y azotes, cepos y prisión.» cepos y prisión.» (Heb. 11, )

13 Todos los hombres y todas las mujeres que vivieron de fe, fueron llamados por Dios a una vocación tan única y grandiosa que hizo que estuviera el cielo pendiente de escuchar su respuesta: como por María y José. Para estas dos criaturas, la fe no fue solo oscura, sino además dolorosa. María y José, son maestros en la fe, ejemplos perfectos en que inspirar nuestros actos, para corregir nuestra ruta, y sostener nuestra debilidad.

14 María y José, como entonces junto a Jesús, estad todavía junto a nosotros para acompañarnos hacia el Eterno, para enseñarnos a ser pequeños y pobres en nuestro trabajo, pacientes en el exilio, humildes y escondidos en la vida, valientes en las pruebas, fieles en la oración, ardientes en el amor. Y cuando venga la hora de nuestra muerte, es decir, despunte la aurora sobre nuestra noche amiga, puedan nuestros ojos, mirando al cielo, descubrir la misma estrella que iluminó vuestro cielo cuando Jesús vino sobre esta tierra. ¡Marana thà!, ¡ven Señor Jesús ! ¡ven Señor Jesús ! Elaborado por Antonio Barone


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