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La palabra de los políticos Miguel-A. Dedicado a mi primo Santos C. (en Australia). 124 seg. (María Ostiz)

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Presentación del tema: "La palabra de los políticos Miguel-A. Dedicado a mi primo Santos C. (en Australia). 124 seg. (María Ostiz)"— Transcripción de la presentación:

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2 La palabra de los políticos Miguel-A. Dedicado a mi primo Santos C. (en Australia). 124 seg. (María Ostiz)

3 He de reconocerme poco interesado por los temas políticos. No se trata de estar desencantado o desengañado del sistema. Mi actitud podría inscribirse dentro de una cuestión puramente circunstancial: Harto dura es una enfermedad degenerativa, ¡cómo para enrollarse con un mitin político! Los cuales suelen ser capaces de aburrir hasta a los muertos si no se escucha con la predisposición partidista y prejuicio hacia el partido adversario. ¡Hasta ahí podríamos llegar! No me da la gana jugar a buenos y malos. Cuando se llevan en la mente esa predisposición partidista, se va de ciego por la vida. Y si así fuese, y algo hay, ¿díganme ustedes qué político no está ciego?. Tal vez, a ellos les valga lo de "en el país de los ciegos, el tuerto es rey". Da esa impresión cuando les ves en campaña electoral dedicando un cuarto de hora a explicar sus virtudes de partido, y tres cuartos de hora a descalificar al adversario.

4 Cuentan que un partido mandó a unos cuantos políticos a apoyar a un candidato de la misma ideología en cierto acto de una campaña electoral de distinta Comunidad Autónoma. El encargado sacó billetes de avión para éstos y sus esposas, y contactó con un hotel de cinco estrellas en la ciudad de destino. Pero no contaban con una huelga de pilotos de aviación, que obligó a cancelar el vuelo hasta la semana siguiente. Indignados y aprisa, fletaron un autobús, dejaron a las damas consortes en casa en contra de su primera intención, y se lanzaron a los 700 kilómetros de carretera.

5 Tampoco contaban con que una manifestación de mineros había cortado la carretera a 600 kilómetros de la ciudad de origen. El jefe de la expedición telefoneó a la Comisaría. El Señor Comisario estaba allí mismo, intentando resolver el conflicto. Cuando le localizaron telefónicamente, se acercó al autobús. No sólo aseguró que la policía se veía incapaz de disolver aquel disturbio, sino también que los manifestantes estaban muy exaltados, y si se enteraban de que allí había un grupo de políticos gobernantes, no tendría efectivos suficientes para protegerles. Cagados los pantalones por miedo a una escabechina, el jefe de expedición dio la consigna: - Bien, vamos a dispersarnos. Id de dos en dos. Dentro de 4 horas nos reuniremos en el Hotel Bellavista de la ciudad que acabamos de pasar.

6 - Yo soy de la comarca -terció el conductor-, y conozco una red de caminos rurales que nos devolverán otra vez a la carretera pasados 30 kilómetros, y podremos continuar un vez eludidos los piquetes. - Bien, nosotros escoltaremos el autobús -ofreció el Señor Comisario. - No, gracias -respondió el jefe de la expedición-. Una escolta podría despertar sospechas entre los mineros, e iniciar éstos una persecución. Perdida una hora en la cola de la manifestación, y como las prisas no son buenas para nadie, el desenlace de aquel atajo fue un patinazo en la gravilla del intransitable camino vecinal, cuatro vueltas de campana, y una caída por un terraplén de 100 metros hasta un campo sembrado de trigo.

7 El granjero, propietario del trigal, por lo de que una de las bienaventuranzas habla de enterrar a los muertos, los enterró y siguió tranquilamente con su trabajo en el campo. Durante una semana, se estuvo buscando un autobús en el cual viajaban 22 políticos. Incluso los periódicos, radio y televisión hablaron de secuestros terroristas, chantajes al Estado, y demás zarandajas. Otros, menos afortunados, lanzaron sus suspicacias sobre los piquetes de los mineros, sugiriendo algún linchamiento secreto. Por fin, una llamada telefónica avisó de haber visto al autobús volcado y describió el lugar. Presentada la policía, no halló rastro de cadáveres ni tampoco personas con vida. Perplejo, el Comisario llamó a la puerta de la granja para preguntar.

8 - ¿Los políticos? -dijo el granjero-. ¡Ah, sí, los he enterrado!. - ¿Y cómo no ha avisado?. ¿Usted no sabía que estaba cometiendo un delito?. - Bueno, no entiendo de papeleos -se excusó el granjero-. Ni siquiera sé leer. Sólo sé ordeñar las vacas, y sembrar cereales. ¡Y como los curas dicen no sé qué de las bienaventuranzas y de enterrar a los muertos...!. - ¿Y dónde están enterrados?. - Aquí -respondió el granjero, señalando una sola tumba.

9 - ¡Cómo! ¡A todos los ha metido en una fosa común!. - No. Al conductor le he metido aparte. - ¿Y cómo ha sabido usted que era el conductor? -preguntó el Comisario. - ¡Coño, qué preguntas!. Porque estaba en el asiento del volante, y, además, llevaba gorra.

10 -¿-¿Y todos estaban muertos? - preguntó el Comisario. - Bueno -contestó el granjero-, de ese punto no estoy muy seguro. Yo, a todos los políticos, les fui preguntando, uno por uno: ¿Estás muerto?. El que no respondía, supuse que estaba muerto. Hubo tres o cuatro que respondieron no estar muertos. Sin embargo, yo no les creí, ¡porque ya se sabe que los políticos son todos unos mentirosos!.


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