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MUJER Y TRABAJO El inicio de la Época Moderna trae consigo una progresiva oposición hombre-mujer, constatable en los modelos literarios y también en la.

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Presentación del tema: "MUJER Y TRABAJO El inicio de la Época Moderna trae consigo una progresiva oposición hombre-mujer, constatable en los modelos literarios y también en la."— Transcripción de la presentación:

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2 MUJER Y TRABAJO El inicio de la Época Moderna trae consigo una progresiva oposición hombre-mujer, constatable en los modelos literarios y también en la ofensiva religiosa propia de la Contrarreforma que caracterizó a la sociedad española del XVI y XVII. La sociedad no idea para la mujer más salida que el matrimonio, el convento o, en su defecto, la prostitución.

3 La mujer estará presente en el mundo del trabajo. Las viudas, por su condición, se verán en la necesidad de ejercer una actividad que les permita subsistir.

4 En el hogar las mujeres trabajan al lado del marido, y en muchos casos sus hijas contribuían a la subsistencia familiar ya sea en trabajos familiares o extrafamiliares tales como el servicio doméstico.

5 Esta realidad empezará a tomar cuerpo legislativo en el siglo XVI; un ejemplo será la promulgación de la Real Pragmática, expedida en el año 1600 para regular el trabajo de la seda

6 la mujer no dejará de tener presencia en los medios productivos, aunque estos siglos anteriores a la industrialización van a significar la degradación de su condición laboral, exponente de lo cual será la discriminación salaria1 a la que se verá sometida.

7 El trabajo en el campo era tarea de toda la familia; las duras condiciones de vida así lo exigían. La mujer será partícipe de tareas tales como pastoreo, escarda, vendimia o recogida de aceitunas. Pero no sólo participaba en las labores agrarias en el seno de la familia; en ocasiones eran asalariadas o incluso propietarias de tierras.

8 Quizá la ocupación más reseñable era la que realizaban, sobre todo las viudas, de forma asalariada en el cuidado del ganado.

9 El trabajo a domicilio ocupará a un número creciente de mujeres. Esposas e hijas se dedicaban a estas labores en épocas en las que el trabajo agrícola quedaba paralizado. La hilanza de la seda, el lino, la lana y posteriormente el algodón es la actividad más corriente.

10 La materia prima les era suministrada por algunos miembros de los gremios urbanos -a finales del XVIII también por las fábricas-, quienes verán en las campesinas una mano de obra más barata que la existente en la ciudad.

11 La Ilustración trae consigo un cambio en el modelo de comportamiento económico para la mujer, visible sobre todo en este ramo de la industria doméstica. Así, mediante el ejercicio de la hilanza se persigue que ninguna mujer permanezca ociosa; que éstas sean capaces de mantenerse. Se apela a las muchachas de diez años, a las mujeres embarazadas, a las achacosas, defectuosas y de avanzada edad, mientras que se le conserve sano y libre el uso de ojos y manos.

12 En la ciudad las mujeres podían dedicarse a distintas labores. Las más conocidas son las de comadronas y parteras, maestras, vendedoras, lavanderas, nodrizas, actrices, etcétera. La más numerosa fue al servicio doméstico, que ocupó una joven mano de obra, entre quince y veinticinco años, de procedencia rural y generalmente solteras. Esta mano de obra era absorbida tanto por laicos como por religiosos.

13 Hasta el siglo XVIII la mujer participará de una forma más o menos explícita en las actividades del gremio. Como esposa del artesano ayudará a su marido en las tareas del taller; como viuda podrá ejercer el oficio de su difunto marido siempre que tenga un hijo mayor de doce años que continúe con el oficio paterno, requisito éste necesario para velar por la moralidad de la época. El sector que recoge más trabajo femenino es el textil, donde se incluye también la elaboración de encajes y puntas, actividad exclusivamente femenina que era enseñada por maestras del oficio a las niñas en muchas ciudades.

14 En el último tercio del siglo XVIII se promulgan distintas leyes -años 1779, 1784, 1790, que liberalizaban la entrada en el gremio, como miembro de pleno derecho, a la mujer. Se establecerán entonces -Ley de escuelas para enseñar a las mujeres y niñas de hospitales, hospicios, etcétera, los primeros elementos o principios de las labores propias de su sexo.

15 A pesar de las nuevas medidas legislativas, estas reformas de talante ilustrado no llevarán consigo una decisiva incorporación de la mujer a los cargos de oficial y maestro en los gremios. Las causas pueden estar tanto en la oposición de los agremiados como en el propio declive de estas corporaciones, especialmente de aquellas textiles en favor de las fábricas reales y particulares.

16 El cambio cualitativo más importante del momento lo protagonizarán los nuevos establecimientos de producción, las fábricas. Se trata de establecimientos estatales - fábricas reales- o particulares, relacionadas con la producción textil -indianas, paños, lanas, etcétera-, que concentrarán en su interior un número importante de trabajadores.

17 La mujer dejará de realizar ciertas tareas que hasta entonces eran consideradas como innatas a su naturaleza, y muchos hombres ocuparán puestos de tejedores o incluso de urdidores en algunas zonas.

18 En las fábricas reales las mujeres realizarán las tareas que precisaban poco esfuerzo físico. En ocasiones trabajaban familias enteras en la misma actividad: el hombre tejiendo y la mujer y los niños hilando, despunzando o haciendo canillas.

19 La nueva relación hombre-mujer en el trabajo que se deriva de la implantación de los establecimientos fabriles atentará contra la moral religiosa dominante. El nuevo espacio de trabajo va ligado a un nuevo espacio vital enclavado en la propia fábrica o en sus inmediatos alrededores. Dónde alojar a las familias, dónde a los hombres y mujeres solteros, cómo evitar el contacto sexual entre los trabajadores

20 No debe extrañarnos que durante la jornada se celebrasen actos religiosos como el rezo del rosario, así como que hubiese en las fábricas un lugar destinado a capilla.

21 En definitiva, en los tres siglos anteriores a la industrialización un porcentaje difícilmente cuantificable de mujeres estaban incorporadas a las tareas de producción. Es cierto que en algunos casos el matrimonio significará el abandono de toda tarea productiva, pero no lo es menos que en la mayoría de ocasiones la mujer no permanecerá inactiva. Incluso en las cárceles, hospitales y casas de misericordia, hospicios y conventos se desarrollaban duras jornadas de trabajo que eran nulas o escasamente remuneradas, y que continuarán ejerciéndose también en los siglos XIX y XX.

22 Siglos XIX y XX: el trabajo en la época industrial

23 El trabajo de la mujer adquiere características nuevas a medida que se desarrolla el proceso de industrialización. Por una parte, la utilización de maquinaria atenuará. las diferencias de fuerza física entre hombres y mujeres; por otra, la proliferación de las fábricas irá destruyendo el hogar como espacio tradicional de producción.

24 De esta forma el crecimiento de las ciudades y la expansión de los centros fabriles hará necesario que la mujer salga del hogar para incorporarse al mundo productivo.

25 Pero la industrialización traerá consigo las pautas de comportamiento social propias de la nueva clase dominante: la burguesía. Según éstas, el papel de la mujer en la sociedad se sitúa en el matrimonio y en el cuidado del hogar, centrando su función en la reproducción tanto biológica como social.

26 La asignación de este rol a las mujeres dificultará su acceso al mundo laboral y convertirá su trabajo en marginal. Un texto de Joan Gaya- afirma que la intervención de la mujer en el trabajo es antisocial y antieconómica. (...) y peor aún si alguna vez sirve -el salario de la mujer- para subvenir las cargas del matrimonio, en suplencia del trabajo del marido, pues entonces se trastoca el orden fundamental de la familia...

27 La mujer es considerada como inferior y dependiente y por ello no puede ser aceptada como igual en el marco laboral. Las condiciones en la ciudad presionarán en tal medida que en muchas ocasiones las mujeres se ven abocadas a la prostitución para poder subsistir.

28 Con el siglo XIX nacerá también un derecho del trabajo con particular incidencia en la cuestión social. Se trata de disposiciones legislativas dictadas por el Estado tendentes a corregir, al menos en parte, las características deshumanizadoras del trabajo de esta nueva época.

29 La mujer, como también los niños, fue objetivo predilecto de esta normativa jurídica al considerarse como uno de los grupos débiles.

30 Un primer ámbito de protección se refiere a ella como trabajadora, y en él se busca mejorar las condiciones físicas del trabajo atendiendo a su sexo, según los valores propios del momento. La maternidad es el segundo ámbito donde inciden, procurándose evitar la actividad en los días anteriores y posteriores al parto. En 1892 se promulgará una ley que prohibía el trabajo de las mujeres en este supuesto para la industria y los trabajos subterráneos, prohibiéndose así lo que era una práctica habitual.

31 En general, las mujeres adolecen de una falta de formación profesional que impide, a su vez, el acceso a funciones de responsabilidad. Es decir, la mujer accede al trabajo con la condición de mano de obra barata y de carácter secundario.

32 Las obreras a domicilio de Barcelona describían así su trabajo: Empiezo a coser a las cinco de la mañana hasta la una del mediodía, y sigo después de tres a seis, hora en que voy a entregar la labor hecha, Vuelvo a casa y reanudo el trabajo a las ocho de la noche, para finalizar a las doce. A principios del siglo XX algo más de la mitad de las mujeres activas del sector secundario están ocupadas en estas labores, aunque poco después decaerán en número.

33 El resto de fábricas empleaba mujeres en menor proporción. Destacan las textiles y alimenticias, más apropiadas para la naturaleza femenina; serán las hilanderas y las tejedoras las que se convertirán en el prototipo de obrera industrial del siglo XIX.

34 En general, las obreras realizarán trabajos secundarios, poco especializados y manuales que no requerían ni una gran formación ni empleo de maquinaria.

35 En el siglo XX

36 El sector terciario empleó un número superior de mujeres. creciente a lo largo de los siglos XIX y XX, en las actividades de comercio y sobre todo en el servicio doméstico.

37 Las dependientas de comercio eran habitualmente mujeres solteras o viudas que soportaban largas jornadas de trabajo, estando controladas por los dependientes masculinos, que además recibían una remuneración muy superior a aquéllas.

38 La falta de legislación en este terreno permitió que el servicio doméstico contase con las condiciones de trabajo más miserables, que contrastaba con una cada vez mayor exigencia a las mujeres contratadas.

39 En la prensa madrileña, hacia 1875, se piden los servicios de una mujer, por cuatro reales diarios, con las siguientes exigencias: que sepa leer y escribir, planchar y gobernar bien una casa, conversación amable y discreta, muy casera, curiosa, laboriosa, virtuosa, buena figura, buena salud, sin novio y que no pase de treinta y tres años. Las criadas se limitarán a recibir ropa usada, comida y cama como pago por sus servicios, y sólo acostumbraban a recibir salarios las sirvientas especializadas de las clases media y alta.

40 En la industria trabajaron pocas mujeres, caracterizadas por la falta de cualificación profesional y su empleo en ocupaciones manuales, en aquellos sectores considerados tradicionalmente como femeninos.

41 La sociedad, por medio de la institución familiar, obstaculizará una vez más la incorporación de la mujer al mundo laboral. Las mujeres que tienen al casarse una ocupación de inferior consideración social que la ejercida por el marido -que son la mayoría- tienden a abandonar su empleo. Así, la participación de la mujer en el mundo del trabajo se convierte en algo transitorio. En general obtendrá su status social a través del matrimonio -o de su familia de origen- y no del trabajo.


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